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sábado, 17 de marzo de 2012

La alegría en el servicio de María

 
 
Ya que Dios nos deja servir María, vivamos con alegría. Como también cuando nos empeñamos en que las criaturas sean buenas… Yo creo que para conducir las almas sólo hemos de procurar amar a Jesús y María, que todo lo demás viene por si sólo. Pero, ¡qué buena es Nuestra Santísima Madre y qué tontos somos nosotros que nos preocupamos por otras cosas y llegamos incluso a entristecernos!

En la medida en que nosotros vivamos en María y por María en Jesús, se cumplirá en nuestra vida aquello de San Pablo “Estad siempre alegres en el Señor” (Fil. 4,4). Miren, es tan verdadero esto que un santo Padre, Clemente de Alejandría, llegó a creer que Jesús, como vivía siempre en el Padre, no pudo sufrir. Tenía, sí, lo que causa el sufrimiento, pero El no sufría porque estaba totalmente en el Padre. Esto es falso, porque el Señor ordenó las cosas de manera que pudiera sufrir inefablemente; pero el principio es verdadero.

Les pido de todo corazón e insistentemente que amen a Nuestra Santísima Madre. Y que la puedan amar de aquella manera que es gozar. Ya saben que hay dos manera de amar, amar gozando y amar sufriendo. Ella a nosotros muchas veces nos ha de amar con aquel amor que nos es gozo. Por lo mismo si alguna vez quiere que la amemos con el otro amor, que es dolor, de ninguna manera lo rehusemos.

Amen a Nuestra Santísima Madre y hagan aquello que es más importante aún. ¿Han adivinado qué es aquello más importante que amar nosotros a María? Pues quedarnos boquiabiertos al pensar que Ella nos ama. ¡Ella a nosotros!!!! “Como uno a quien su madre le consuela” (I. 68, 13) Sí, así nos lo dice la Iglesia: nos hace caricias, como una madre a los niños pequeños. Créanme, háyanse niñas muy pequeñas, para que Nuestra Santísima Madre las pueda tratar como tales.

Quería inculcar que tomasen como tarea de toda la vida: portarse de tal manera que el Carmelo pueda ser amado por Jesús y María con verdadero amor de complacencia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 176-177

sábado, 10 de marzo de 2012

La oración ha de ser muy madrugadora




La palabra “preocupemos faciem eius” (Sal. 94,2) quiere decir: anticipemos su faz. Pues bien, Dios nuestro Señor nos muestra la cara con sus beneficios; por eso en un texto de la Escritura dice: “La espalda, y no la cara, les mostraré”, amenazando con grandes castigos (cf. Jr. 18,17).

Ahora, cada día, a la salida del sol, es como si Dios nuestro Señor volviese a derramar sus beneficios, que estaban como detenidos durante las tinieblas de la noche; entonces, anticipar su faz en su alabanza es una exhortación a la diligencia, a comenzar muy pronto nuestra jornada de alabanza. Que no sean los pajarillos los primeros en alabar a Dios, sino nosotros.

En la carta de la Hermana he aprendido un pensamiento que no se me había ocurrido: toda la vida es un ensayo del cielo. ¡Aprender ya aquí lo que haremos en el cielo! El Oficio Divino es aprender cómo cantaremos por toda la eternidad el trisagio de Isaías (Cf. Is. 6,3) y el cántico nuevo del Apocalipsis (Ap. 14, 39. La meditación es aprender a estar embobados ante la faz de Dios.

Por eso, el Oficio Divino no está bien rezarlo según el mínimo precio para cumplir la obligación; hemos de aprender a rezarlo con toda solemnidad y elegancia, que lo conviertan en una verdadera delicia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 275-276

viernes, 24 de febrero de 2012

Oración de la presencia de Dios



A cambio de todos nuestros sacrificios, Dios nuestro Señor nos tiene prometida su visión por toda la eternidad. Mientras tanto el premio ya se nos adelanta en la posibilidad de vivir en la presencia de Dios.

Mire, sobre lo que me pregunta de la oración, creo que la respuesta ha de ser que cada uno se deje llevar por el Espíritu Santo, que inspira las almas como quiere (cf. Jn. 3,8). A mí lo que me resulta mejor es esto: mirar a Jesús, tal como es, por tanto con su Humanidad y después mirar como cae sobre El toda la plenitud de la Divinidad, asimismo respecto a Nuestra Santísima Madre. Pero sí que conviene no dejar el aspecto humano, que El tomó justamente para acercarse a nosotros.

Oración de la buena es la que consiste en ponerse por frente a Jesús y María, y no por vía imaginativa, sino por vía de fe. Fijar las potencias allí donde realmente está Dios nuestro Señor y entonces se continúa en su presencia, según El disponga, y ejercitar la fe de manera que nos encontremos bien delante de Dios nuestro Señor.

¡Encuentro tan hermoso el cruzarse de brazos y no hacer nada, sólo mirar el Sagrario, el cielo azul, las imágenes, el Santo Escapulario, y darse cuenta de cómo Jesús y María nos aman, y dilatar el corazón y respirar hondo…!

El Carmelo no puede ofrecer a las almas que El se dan otra cosa que la oración constante. La única queja razonable que podría hacer una alma entrada en el Carmelo es la de no hallar ambiente de oración.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 267-268

viernes, 10 de febrero de 2012

Lo importante es caminar hacia la perfección



No tenga prisa por llegar a la perfección. Es que a la perfección  no llegaremos sino en el cielo. Ahora es cuestión de de caminar hacia ella.

Como es inherente a nuestra naturaleza tener defectos, respectemos a cada uno (y a nosotros mismos) su defecto y tendremos mucho ganado para la paz exterior.

Todas las perfecciones que hay en nosotros, sobre todo las sobrenaturales, son trocitos de la perfección divina, la misma de Dios; como toda la claridad que hay en la tierra es de la luz del sol.

Cuando Dios crea las almas les señala el término al que  habrían de llegar, pero esto nos es límite, sino más bien altura, pues se trata de de participar en las perfecciones divinas. Se trata más de calidad que de cantidad.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 93-94

viernes, 3 de febrero de 2012

Presentació del llibre “La eclesiología del P. Bartolomé Xiberta (1897-1967)”


El P. Manuel Bonilla Gutiérrez, O. Carm., Prior Provincial dels Carmelites de Catalunya i Edizioni Carmelitane de Roma

us conviden a la presentació del llibre del Dr. Mn. Josep M. Manresa:

La eclesiología del P. B. Xiberta (1897-1967)
El “Redescubrimiento” de la Iglesia como “La Obra de Cristo”

Intervindran el Bisbe de Terrassa, Mons, Josep Àngel Saiz Meneses,
el Prior General dels Carmelites, P. Fernando Millan Romeral, O. Carm.,
Mn. Salvador Pié i Ninot, professor d’Eclesiologia a la Facultat de Teologia de Catalunya,  i el P. Giovanni Grosso, O. Carm., director de Edizioni Carmelitane.

L’acte tindrà lloc divendres 10 de febrer de 2012 a les 19.00 h., a la sala Mont Carmel del convent dels Pares Carmelites de Terrassa (carrer Francesc Salvans, xamfrà amb avinguda Abat Marcet).

domingo, 29 de enero de 2012

La presencia de Dios



Recuerde que la vida carmelita, en sustancia, se centra en vivir constantemente en la presencia de Dios. Para actualizar esta continua presencia, la fe nos proporciona excelentes verdades: Dios es inmenso; Dios obra sobre todas las cosas; las tres divinas Personas viven dentro de mi alma estando en gracia; Jesús está corporalmente presente en el Santísimo Sacramento; Nuestra Santísima Madre desde el cielo, si, me mira realmente y me ama y se preocupa de mí…

Recuerde aquel salmo: “¡A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada?” (Sal. 138,7). ¡Encontrar a Dios nos es difícil! En todas las partes lo hallamos. Si hubiésemos de huir, entonces si que nos veríamos con dificultad, y no lo conseguiríamos. Mire, el día que aprendamos a vivir realmente en la presencia de Dios, aquel día empezaremos a ser carmelitas.

“Vive Yahvé, Dios de Israel, en cuya presencia estoy” (ir. 17,1). Lo dijo Nuestro Padre San Elías, y los hemos de decir nosotros, si hemos de ser dignos hijos suyos. Es un grito de alegría, de triunfo, pues si estamos en la presencia de Dios, ¿quién nos podrá dañar? Este lema de nuestro Padre nos es solamente una constatación de que estamos cumpliendo el ejercicio de la presencia de Dio, sino, sobre todo, que Dios está presente en nosotros, Dios con todo lo que El nos aporta, que es todo aquello que es un bien.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 154-155

sábado, 28 de enero de 2012

Silencio porque Dios habla



Realmente, Venerada Hermana, tiene razón de preocuparse para que la observancia sea completa, completísima, sobre todo la observancia del silencio.
Verá, nos es que el silencio material sea lo más importante en el Carmelo, pero sí que es la condición indispensable para obtener las dos cosas más importantes, que son: la presencia de Dios y la caridad. La presencia de Dios se obtiene espontáneamente en un ambiente de silencio., porque Jesús y María hablan muy quedo en el fondo del alma; si no hay voces discordantes, entonces, aquella voz dulcísima se oye admirablemente y se vuelve “más cortante que espadas de dos filos” (Hb. 4,129. pero si hay voces discordantes, voces de criaturas, no se oye nada. Y ¡vaya ganancia!

Continúe llevando a las novicia por el camino del silencio; que puedan continuar diciendo que los pajaritos hacen más ruido que toda las novicias juntas. Que vivan muy solitarias hasta la profesión solemne.

Ojalá que en ese Carmelo, durante el día, fuera de la recreación se mantenga el silencio tanto como en el convento de Rennnes, del que se cuenta que el Sr. Obispo, a quien gustaba mucho visitarlo, se quedaba admirado de ver que, a pasar de vivir en él cien religiosos, a cualquier hora del día hubiera tanto silencio como si fuese media noche.

No hablar sino por necesidad, y entonces en voz baja. En la santa recreación, bien unidas todas, y alegrarse mutuamente con santa alegría.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 250-251

sábado, 21 de enero de 2012

Ser silencio



Crea que es una gracia que le hizo  el Señor dándole a entender qué cosa es no sólo observar el silencio, sino ser silencioso. ¿Cómo se es silencio? Sumergiéndose en Dios. Sumergirse en Dios nos es poner la cara seria, sino rebosar de alegría y de caridad.
Allí dentro encontramos a nuestros superiores y a nuestras hermanas (no fuera) y allí son un mismo objeto con Dios nuestro Señor y por tanto es natural que obedezcamos y amemos y suframos todo lo que Dios dispusiere. Y allí mismo, en Dios, encontramos a Nuestra Santísima Madre y nos vemos obligados a saltar de alegría siendo Ella tan buena y amándonos tantísimo también dentro de Dios.
Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 252-253

sábado, 14 de enero de 2012

Sólo la humildad nos asegura el auxilio de Dios



Sólo la humildad nos asegura el auxilio de Dios, solamente con ella estamos seguros.

Estemos convencidos: nuestra miseria es nuestra suerte. Si tuviésemos dentro de nosotros fuerzas suficientes, Dios nuestro Señor nos haría caminar por nuestros pies, pero como no podemos, El nos ha de dar la mano.

Cuentan de un niño a quien su padre le preguntó: ¿Qué querrías ser, tú? Y él contestó: Ser niño. Ciertamente cualquier carrera o condición de vida le sería menos agradable que la de depender de sus padre… Y tratándose de Dios nuestro Señor es algo verdaderamente de mucho valor.

El responsorio VII del I Domingo de Cuaresma dice: “Me acongojaría si no supiese tus misericordias”. Este si es lo que nos salva. Dios nuestro Señor nos podría devolver la plena salud espiritual, pero ha preferido darnos la convalecencia, para que no podamos nunca deshacernos de su mano.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 70-71

viernes, 6 de enero de 2012

La Epifanía del Señor



Epifanía, es decir, manifestación. Manifestación de Dios hecho hombre.

Celebración del misterio que San Juan anunció con aquellas solemnes palabras: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jo. 1, 14).

En la fiesta de la Epifanía conmemoramos el mismo misterio que en la fiesta de Navidad, pero bajo un aspecto más elevado y más teológico.

Navidad ha tomado como tema predominante la narración de San Lucas, es decir, el nacimiento de Jesús en la Cueva de Belén con aquel conjunto de circunstancias exteriores, que tanto nos conmueven y aleccionan. Epifanía tiene como tema el misterio mismo de la Encarnación.

Los occidentales, poco propensos a la contemplación, hemos dado la preferencia a la Navidad, porque nos presenta objetos concretos y sensibles. Aún la fiesta de la Epifanía la hemos transformado en la conmemoración de los primeros episodios en que Jesús se dio a conocer como Dios: la adoración de los Magos, la manifestación de la sabiduría divina en el Templo, cuando Jesús contaba doce años, el bautismo y la conversión del agua en vino en las bodas de Caná.

Sin embargo, los textos litúrgicos de las más venerables e inmutables partes de la Misa del día impiden que se eche en olvido el significado básico de esta fiesta. El prefacio, por ejemplo, glorifica al Padre celestial “Porque su Unigénito, al aparecer en la sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la misma luz de su inmortalidad”. Y en el Canon, cuando se prepara la Consagración, el sacerdote se dirige al Eterno Padre celebrando el día sacrosanto en que su Hijo Unigénito, coeterno con El en su gloria, apareció visiblemente en la verdade de nuestra carne.

La Encarnación es ambas cosas: anonadamiento y glorificación del Verbo. Es anonadamiento porque el Hijo, igual al Padre, aparece en la forma de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Pero también es glorificación, porque, a pesar de todo, a través de la humanidad anonadada se vislumbra cual potente foco la virtud divina. Se vislumbra también en la santidad inmaculada, en la sabiduría sin limites, en el omnímodo poder taumatúrgico. Todo esto eran fulgores de luz divina que irradiaban en la Carne de Cristo, que se había hecho igual a nosotros en todo, menos en el pecado.

Litúrgicamente, la fiesta de la Epifanía es solemnísima, en cierto sentido superior a Navidad. Esto nos indica cuán importante sea profundizar en estos sublimes misterios, quinta esencia de nuestra sagrada vocación. De hecho, para recristianizar el mundo no nos faltan obras, nos falta más contemplación.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Charlas a las Contemplativas”, p. 108-109

domingo, 1 de enero de 2012

María y la adoración a Dios


La voluntad de adoración es fruto normalmente de un profundo conocimiento de la infinita grandeza de Dios y de nuestra absoluta dependencia de El.

Sin embargo, la grandeza de Dios, que comprende por una parte su condición de Creador y por otra la trascendencia de sus perfecciones, no la captamos directamente en Dios mismo; la captamos sí a través de sus obras, es decir, en las criaturas que nos envuelven.

Estas criaturas nos envuelven por doquier con la misión precisa de manifestar las excelencias de su Autor. Por esto la Sagrada Escritura no nos exhorta a cerrar los ojos, ni aislarnos del universo, sino a contemplar las bellezas de la creación y así servirnos de ellas como plataforma para subir hasta Dios. (…)

Hay todavía algo que incrementa inmensamente la virtud de las obras divinas que mueven a la adoración, y es que estas obras no sólo son huellas de las divinas perfecciones, sino y sobre todo dones de la divina Bondad en favor nuestro.

En efecto, las maravillas del universo están destinadas a nuestro servicio. Cuando las contemplamos nos damos cuenta de cuanto Dios nos ama, y sentirse amado es el mayor incentivo a la correspondencia. (…)

En este orden de cosas aparece claro porque la devoción a María es una ayuda a la adoración de Dios. María es la criatura en la que cual mejor resplandece la grandeza de Dios. Es también el máximo don de la divina Bondad.

Por otra parte, Ella no significa peligro alguno que pueda alejarnos de Dios, pues a El está unida indisolublemente. María ocupa, por lo tanto el primer lugar entre los medios que el Señor nos ha deparado para afianzar aquellos sentimientos internos propios de la adoración.

Sin duda, María es la criatura en quien mayormente resplandece la grandeza de Dios. Nadie osará negar que Ella es la más excelsa de todas las criaturas, después que el ángel Gabriel la saludó como “la Bendita entre todas las mujeres” (Lc. 1,28).

La divina magnificencia más resplandece en la pureza inmaculada de María que en la luminosidad solar. No son las bellezas materiales sino las espirituales las verdaderas imágenes de las perfecciones del Espíritu purísimo.

Así lo comprendió Santa María Magdalena de Pazzis cuando dijo que María no es suficientemente alabada al compararse con las mayores excelencias creadas – como se hace en el Cantar de los Cantares – sino que convendría tomar las divinas perfecciones como punto de comparación (Los cuarentas días, el día 15 de Agosto).

De semejante manera, María es el don más precioso de la divina Bondad. ¿Hay entre las criaturas don mayor que el del amor de madre? Pues bien, al darnos a María, Dios ha hecho que el amor de la Madre de Dios fuese también el amor de nuestra Madre.

María no constituye ningún peligro que pueda alejarnos de Dios. Por lo mismo se ofrece a nuestra devoción precisamente en calidad de Madre de Dios. Nada hay en Ella que nos mantenga a distancia de Dios. Permaneciendo Ella encerrada en Dios, cuando alcanzamos a María alcanzamos también plenamente a Dios.

A todo esto hay que añadir que Ella nos da el más dechado ejemplo de adoración. Por su dignidad de Madre está totalmente unida a Dios. Y ciertamente como digna Madre de Dios en virtud de sus disposiciones subjetivas. Su vida, no menos que su personalidad, fue totalmente consagrada a Dios, como una reversión total a Dios. Con el ejemplo de la Virgen no podemos menos que aprender la verdadera adoración.

Así queda verdaderamente asentada la verdad inicial: la fervorosa devoción a María, lejos de ser un obstáculo para llegar a Dios, es una formidable ayuda, de tal manera que por Ella nuestra dirección hacia Dios consigue el carácter de verdadera adoración.

No debemos ir a Dios por el camino del aflojamiento de la devoción mariana, sino cultivándola con el máximo de intensidad. Lo que debe procurarse en nuestra devoción a la Virgen es verla siempre unida a Dios, según compete a su dignidad. (…)

Se confirma, pues, que en el culto a María lo que importa no es atenuar su intensidad, sino estar atentos en considerar siempre a María en su estrecha unión con Dios. (…)

Nada debemos temer al dirigir a María aquella plenitud de afectos que hemos aprendido en nuestra Orden Carmelita. Estamos convencidos de que el día de máximo fervor mariano será también el día  de la total inmersión en Dios, conforme al espíritu carmelitano. Sólo conviene acostumbrarse a mirar siempre a María en su incomparable unión con su Hijo, el Hijo de Dios.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Charlas a las Contemplativas”, p. 19-23

sábado, 3 de diciembre de 2011

La Sagrada Escritura, un gran tesoro


Con respecto a la estima que debemos a la Sagrada Escritura nunca podremos exagerar. Ella contiene la Palabra de Dios revelada por el Espíritu Santo y El es el autor principal, mientras que los que la escribieron eran solamente instrumentos. La Sagrada Escritura fue dada a la Iglesia como un gran tesoro, y de él principalmente toma su doctrina.

Los protestantes acusan a los católicos de no dar a la Escritura la importancia que merece. Nosotros debemos procurar que tal acusación sea falsa.

La Biblia hay que usarla debidamente. Ante todo, con la máxima reverencia. San Francisco de Sales la leía siempre de rodillas. En segundo lugar, hay que leerla con espíritu de fidelidad al magisterio de la Iglesia. El error capital de los protestantes fue tomar la Biblia al margen de la Iglesia. Y, sin embargo, el tesoro de la Sagrada Escritura lo confió a la Iglesia, y la Iglesia lo interpreta y nos lo da a nosotros. Es, pues, en comunión con la Iglesia como debemos esforzarnos por recoger los tesoros de la Escritura.

En tercero lugar, la Biblia no hay que leerla con curiosidad, como para ampliar los propios conocimientos, sino como queriendo descubrir en ella la fuente misma de las doctrinas que debemos creer y deben ser la guía de nuestra vida cristiana. El conocimiento de la doctrina es un presupuesto para el recto ejercicio de la  fe, pero este conocimiento, como tal, no constituye formalmente la perfección cristiana. (…)

La invitación a la lectura de la Sagrada Escritura no se hace principalmente con vistas a una mayor ciencia. Sin embargo, supuesta la necesidad de una doctrina apta para orientarse en la vida espiritual, esta doctrina es infinitamente más bella en los libros inspirados por Dios, que en todos los volúmenes de los hombres.

Así pues, si quiere contemplar los misterios inefables da las Divinas Personas y del Verbo Encarnado, le será de muchísima más eficacia la lectura de las divinas Escrituras, que todas las explicaciones de los libros escritos por los hombres. Así también no existe mejor medio para sentir toda la fuerza del espíritu cristiano, que el leer y escuchar los sermones del mismo Jesús, consignados en el Evangelio.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 97-98

sábado, 26 de noviembre de 2011

Estar con Jesús, esto sólo basta



Lo que me cuenta es estar con El: esto sólo basta. Especialmente en la meditación, creo que el mayor esfuerzo no debe ser el de combinar bien los pensamientos, sino el de fijar la mirada en Jesús. Una vez una novicia hacia esta reflexión: ¿Por qué no dejar la meditación para otro rato a fin de que podamos dedicar toda la hora de la oración a estar con Jesús?... Creo que tenía razón.

La cosa verdaderamente importante es darnos cuente de que Jesús está allí. Ciertamente está allí, a nuestro lado, como Dios que ocupa todo lugar; en su Humanidad está también allí, a poca distancia, en el Santísimo Sacramento. Y nosotros tenemos la suerte de estar con El sin que otra ocupación nos estorbe. Salga de El la iniciativa de hablar o de callar. (…)

¿Sabe por qué Jesús y María aman tanto a V. C., como también a mí? Porque tienen tesoros infinitos de  misericordia y buscan almas necesitadas de ella, donde poder ejercerla. Esto debe animarnos, porque el hecho de ser nosotros tan miserables (si somos humildes) no cerrará nunca la fuente de la misericordia sino que la hará manar más abundantemente.

¡Un año en el Carmelo! Piense si puede contar las gracias recibidas, y si estas gracias son menores por el hecho de que el Señor se ha complacido en llevarla ordinariamente por el camino de la aridez. El mismo día de la Purificación de María cumplí treinta y ocho años de Profesión Solemne; he cumplido ya cuarenta y ocho años de vida en el Carmelo. Ayúdeme, por favor, a pedir perdón por tantas infidelidades, y a dar gracias por tanta misericordia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 436-438

sábado, 19 de noviembre de 2011

La Eucaristía, unión real con Jesús


El gran problema de la vida sobrenatural se cifra en asegurar nuestra unión real con Jesús. El Señor no quiso que esta unión se realizase sólo de un modo ideal, a base de pensar en su vida, pasión y muerte, o mediante la contemplación de su misión salvífica y santificadora, sino que ha querido que se realizase también real y sustancialmente. Y a este fin fue instituido el Santísimo Sacramento.

En la Eucaristía, el mismo Jesucristo que ahora está en el cielo, con la realidad substancial de su Cuerpo y Sangre, se pone en contacto con nosotros. Un contacto no sólo de verdadera presencia, como cuando lo adoramos en el  Tabernáculo, sino también haciéndose nuestro alimento.

Mediante el Santísimo Sacramento nosotros somos real y substancialmente una misma cosa con Jesús. Nos es una simple metáfora que Cristo sea la vid y nosotros los sarmientos, El la cabeza y nosotros los miembros. Nos convertimos en una derivación y prolongación de Jesús en la medida en que somos fieles a la gracia.

Ni siquiera durante toda la eternidad seremos capaces de comprender adecuadamente las maravillas de la Eucaristía. Recuerde aquella sentencia de san Agustín: El Alimento Eucarístico no se convierte en nuestra sustancia, sino, al revés, nos convierte a nosotros en Cristo. Creo que, ampliando este pensamiento, podemos decir con justeza que no solamente Jesús desciende a nosotros por la Eucaristía, sino que también nos hace subir hasta El. He aquí, a mi entender, un buen tema de meditación: la Sagrada Comunión nos transporta a Jesús que está sentado a la derecha del Padre.

Jesucristo habita con nosotros en la tierra bajo las especies sacramentales. Esto es cierto. Pero también es verdad que uniéndonos a Jesús, ya no vivimos sobre la tierra, sino más bien en el cielo.

El Santísimo Sacramento tiene además otra función, la de imponernos una forma de vida. A veces surge la dificultad de que durante la Santa Misa y en el acto de la Comunión tenemos menos recogimiento que en la meditación. De ahí una cierta reserva respecto las ceremonias y solemnidad externa, instituidas por la Iglesia, a fin de realizar con mayor eficacia la Sagrada Eucaristía.

Sin embargo, la Santa Misa y la Comunión hacen que la vida espiritual sea una derivación de la vida de Jesús. La Comunión no se se mide por la intensidad de afectos y pensamientos que provoca en el momento de recibirla. Como el acto de la Profesión no se mide por el fervor del momento sino por cuanto impone la norma para toda la vida religiosa. Así también la Misa y la Comunión.

Se pude decir que nuestra vocación a la santidad consiste en realizar lo que la Santa Misa y la Comunión suponen.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 73-75

sábado, 12 de noviembre de 2011

La unión con Jesús, fundamento de la vida sobrenatural


La vida sobrenatural del alma de todo cristiano, con tal que no tenga la desgracia de estar en pecado, es infinitamente sublime, ya que es una vida verdaderamente divina al ser Dios su alma y su principio.

Las Tres divinas Personas habitan en el alma cristiana, y, siendo el Espíritu Santo el principio informante de toda actividad, transforma el hombre en verdadera imagen de Dios. Así el alma en estado de gracia está divinizada, al igual que un carbón encendido se transforma en fuego. Ahora bien, la deificación de por sí es enormemente desproporcionada a la naturaleza humana. Ser imagen del Padre e heredero de los tesoros infinitos de la Divinidad, poseer como propio el Espíritu Santo, todo eso pertenece por naturaleza al Hijo, a Cristo Jesús.

Sin embargo, estos dones nos han sido comunicados por la vida de la gracia en tanto en cuanto el Hijo por su Encarnación, Pasión y Resurrección nos ha hecho hermanos suyos y como tales hijos adoptivos de Dios, y, por lo mismo, coherederos de las infinitas riquezas de la Divinidad que pertenecen a nuestro Hermano Primogénito, Jesucristo.

Toda la vida sobrenatural, comenzando por las gracias del Bautismo, continuando por las gracias que el Señor a veces nos concede en la oración y terminando con la gloria eterna, toda esta vida sobrenatural, digo, está condicionada al hecho de que nosotros permanezcamos unidos a Jesús para que de este modo nos pueda transferir su vida personal. Recuerde la alegoría de la vid y de los sarmientos y los miembros usada por San Pablo (Ef. 4,15).

 Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 72-73

viernes, 4 de noviembre de 2011

La presencia de Dios en la oración


Cuando sentimos la presencia de Dios en en la oración, sólo experimentamos levemente lo que se realiza con toda verdad en la esencia del alma y que constituye el estado de gracia.

Es verdad lo que V. R. dice, que todo cuanto escribe el Venerable Domingo de S. Alberto sobre el Amor de Dios, todo es poco. Pues yo digo lo mismo de la unión de Dios con el alma. Somos incapaces en la presente vida, aun contando con gracias extraordinarias, para comprender toda esta grandeza. En otras ocasiones he insistido en que por la vida de la gracia se da una verdadera deificación.

La deificación suprema es la de la unión personal del Verbo con la naturaleza humana en Cristo Jesús. Luego está la unión de la Divinidad con María, nuestra dulcísima Madre, para producir conjuntamente al Verbo de Dios, hecho Hombre. Hay también la unión de los bienaventurados con Dios, que nosotros podemos comprender de algún modo por la unión que existe entre nuestras ideas y el entendimiento. Existe, finalmente, la unión por la gracia, cuya excelencia descubrimos ya desde ahora por sus consecuencias, es decir, en cuanto nos capacita para realizar obras divinas y naturalmente desemboca en la unión beatífica.

Los Santos Padres de la Iglesia jamás han dudado en llamar deificación al estado de gracia y menos todavía el mismo S. Pedro. Este describe categóricamente que hemos sido hechos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4). Y eso, ¿por qué? No ciertamente por nuestros méritos, porque Dios no escucha otra voz que la de su Bondad infinita, para la cual ningún don creado es suficientemente grande.

Todo nuestro esfuerzo en la oración debe orientarse a darnos cuenta, a gustar y a experimentar estos misterios que constituyen la vida de la gracia, tal como nosotros lo creemos por la fe. Todo lo demás que pueda sobrevenir en la oración hay que abandonarlo, porque carece de importancia. Pues se trata de concomitancias que ordinariamente sólo reflecten el contenido de nuestro espíritu.

Ni siquiera es necesario fijarse en el modo como experimentamos las operaciones divinas. Pues estos modos no son otra cosa que medios proporcionados a nuestro estado de ánimo, pero no expresan la naturaleza misma de las operaciones de la gracia. Estas sólo las conocemos por pura fe.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Cartas desde el Carmelo”, p. 124-125

lunes, 17 de octubre de 2011

Dirijamos nuestros pasos hacia la cumbre del Carmelo


El Carmelo es una montaña en que las faldas son más bien feas y, si uno se detiene en ellas, con facilidad pierde el aliento y no encuentra gusto en nada. Pero en la cima ¡oh, qué hermoso es todo! Si alguien se quisiera quedar en la falda moriría de asco, pero, si se decide a subir a la cima, desde que comienza el ascenso experimentará lo que es gozar.

En la cima realmente hallaremos a Nuestra Santísima Madre, y donde Ella se encuentra todo es belleza y alegría. Relean en el Oficio de Nuestra Santísima Madre el Himno de Laudes: hacia las altísimas cumbres del Carmelo dirijamos nuestros pasos, nos llama la Virgen Madre, para enriquecernos de gracias. Allí nos es dado ver la faz y la gloria de Dios…

La veremos, naturalmente, tal como es posible en este mundo, por la oración y la contemplación. Y por lo tanto lo más que nos debe preocupar es aprender a orar: acostumbrarnos a pasar el tiempo en intimidad con Jesús y María; mirar y conversar de tú a tú con el Señor.

Esto se aprende con relativa facilidad mientras no se tengan otras preocupaciones. Si uno se preocupa de las criaturas, sobre todo de sí mismo, de si estoy así o asá, si me hacen esto o aquello, entonces no acabará nunca de vivir en intimidad con Jesús y María.

Sólo les advertiré que no pretendan llegar a la cumbre en seguida. El himno nos dice: Dirijamos nuestros pasos (“gressus feramus”) hacia la cumbre. Mientras vayamos caminando, Nuestra Santísima Madre ya está contenta y nos ama.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 157-158

jueves, 6 de octubre de 2011

En María está la belleza

 
En María está la belleza; pero no una belleza cualquiera, sino la belleza incomparable que cautivó el corazón de Dios, la belleza que cautiva también nuestras almas. En María está la belleza de la “vida”. (…) La belleza que admiramos en la Santísima Virgen conduce a la vida, y nos transporta infaliblemente a la belleza divina de su Hijo. Nosotros estamos naturalmente ávidos de belleza. Saturémonos de la belleza de María, contemplándola a placer; no seamos avaros del tiempo que podamos emplear en esta contemplación. Pero contemplémosla de manera que su belleza se grave en nosotros y haga nuestra alma grata a los ojos de Dios. La Sabiduría, según la Sagrada Escritura, es también bella en el sentido de que embellece el alma que la posee, y embelleciéndola la vivifica. Al igual María: los hijos que se dejan vestir y adornar de tal Madre, se quedarán tales que agraden a Dios, amador de la belleza verdadera.

P. Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “La fiesta de la Virgen del Carmen”, p. 66

Amar y dejarse amar por Jesús


Amen mucho a Jesús y a María, pero, más aún, déjense amar por Ellos. Nadie me lo quita de la cabeza que es más importante dejarse amar que amar. Poca cosa es lo que reciben de nosotros y mucho lo que Ellos nos dan.

Como dice Santa Magdalena de Pazzis: Nosotros antes de existir en el mundo, fuimos un pensamiento de la mente divina y un destello de su amor.

Yo creo que cometemos una equivocación garrafal: Nos pensamos que nuestra principal obligación es dar a Dios, y hacer sacrificios y mortificaciones y quien sabe qué más. Pues no, esta es la segunda obligación, porque la primerísima es disfrutar: A Dios nuestro bien le place sobre todo dar; recibir, sólo en segundo lugar.

P. Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Cartas desde el Carmelo” – carta 12