sábado, 31 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta VI


Como conclusión de todo, quisiera ofrecer una reflexión final junto con un ruego.

El Papa Benedicto XVI en el discurso durante la inauguración del curso académico en la Universidad Católica del Sagrado Corazón (25 noviembre 2005), decía: “Si toda universidad tiene como misión fundamental la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y la comunicación del saber para el bien de la sociedad, una comunidad académica católica se distingue por la inspiración cristiana de las personas y de la comunidad misma, por la luz de la fe que ilumina la reflexión, por la fidelidad al mensaje cristiano tal como lo presenta la Iglesia y por el compromiso institucional al servicio del pueblo de Dios. Por eso, la Universidad Católica es un gran laboratorio en el que, según las diversas disciplinas, se elaboran itinerarios siempre nuevos de investigación en una confrontación estimulante entre fe y razón, orientada a recuperar la síntesis armoniosa lograda por santo Tomás de Aquino y por los otros grandes del pensamiento cristiano, una síntesis contestada, lamentablemente, por importantes corrientes de la filosofía moderna” (cf. Ex Corde Ecclesiae).

Repasando la vida del P. Xiberta he creído entender que él vivió la teología que enseñaba. Es decir, lo que se “cocía” en las clases que daba en la Universidad Gregoriana, en la Regina Mundi, y en otros lugares de investigación, lo acercaba a la vida diaria. Soy testigo que lo acercaba también pastoralmente a nuestras comunidades de monjas, lo desmenuzaba en la enseñanza de la vida consagrada y fraterna en nuestros monasterios. El P. Xiberta supo unir, como en un diábolo, la investigación de laboratorio de la universidad con las necesidades pastorales concretas de la Orden y de las provincias y comunidades, lo que pedíamos y necesitábamos en aquel momento concreto de la historia. El Padre Xiberta era un pastoralista.

Actualmente se busca anunciar el mensaje cristiano con un lenguaje adecuado, y se habla de recuperar una teología mística narrativa, frente a la teología de la argumentación. Una vez más, el P. Xiberta se adelantó a su tiempo. Mejor dicho, como se dejaba llevar por el Espíritu Santo, éste le abrió a una teología siempre actual. Y es así. Mi experiencia me ha enseñado que las monjas más unidas al Señor son las más abiertas en momentos de cambio, hacen gala de una clarividencia dada por el Espíritu Santo y en ningún momento tienen miras estrechas o timoratas. Quizás ustedes pueden compartir también esta experiencia habida entre los frailes y monjas de sus comunidades, entre los laicos, incluso con sus familiares. Pero esto sí, ante el atractivo de la moda o de las novedades del mundo, el P. Xiberta tenía también muy claro que la fidelidad a Cristo plantea unos límites y que el principio que afirmó Jesús de estar en el mundo sin ser del mundo  es fundamental, y posiblemente en nuestros días más difícil de aplicar.

Ahora el ruego. A los frailes, monjas, religiosas, laicos Carmelitas, a todos los estudiosos de la Orden y de la Región Ibérica, les pediría que la investigación de laboratorio que están haciendo sirva para dar las respuestas que en este momento necesitan nuestras provincias, comunidades, y nuestro mundo en general. Vamos un poco a ciegas, pues bien, de la reflexión teológica, eclesiológica, pastoral, escriturística, etc., debería surgir la palabra que nos dé luz en medio de este mundo que reclama una nueva evangelización, unos ánimos renovados para vivir nuestro carisma y transmitirlo. Recogiendo el símil del diábolo veamos cómo se actúa en el mundo de los negocios: En una parte del mismo se halla lo que estudia e investiga la Universidad, digamos nuestros estudiosos, de la otra parte, lo que las escuelas de Profesionales recogen de los estudios de la Universidad, que siempre son ideas abstractas, y les dan forma para aplicarlas a la práctica de las empresas, en medio se unen y dan origen a las ideas concretizadas, a los retos materializados, resueltos según las demandas y a partir de las investigaciones. En Barcelona, existen varias escuelas de Profesionales: ESADE (de los Jesuitas), IESE (del Opus Dei), EADA, Fundación privada que cuenta entre 4000 y 5000 alumnos anuales matriculados.

¿Podemos esperar algo parecido de las investigaciones de laboratorio de nuestros estudiosos en la Orden y de los profesionales de la vida carmelita? ¿Saldrá una nueva escuela que hará luz para afrontar los retos de evangelización que necesitamos?

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

viernes, 30 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta V



La dedicación del P. Xiberta a las monjas

Todas las que lo conocimos podemos dar testimonio de que el P. Xiberta amaba a las monjas, hasta en los más pequeños detalles, y sufría cuando veía algún fraile que no se preocupaba de ellas. Todas constatamos también, yo la primera, que hemos recibido mucho de él, supo dejarnos un poso de espiritualidad bien fundamentado en la Teología y la Escritura, y lo hizo a través de cartas, de consejos, de ejercicios espirituales, etc. Ahora podemos preguntarnos: ¿Y el P. Xiberta recibió algo de las monjas? Mi respuesta es que de una monja recibió mucho, esta monja es santa María Magdalena de Pazzis. Nos había dicho que le gustaba leer lo que de ella habían escrito porque nunca encontró nada que fuera contrario a la fe y la teología. Las citas de Sta. M. Magdalena, también en los ejercicios espirituales que estoy comentando, fueron frecuentes en él.

Después de Sta. María Magdalena de Pazzis, quizás haya habido otras monjas que influyeron en su vida espiritual. En su conjunto, todas las monjas, en general, tuvimos una influencia en el amor del P. Xiberta por la vida de soledad, silencio y oración, también litúrgica, de nuestros Monasterios, por la vida que él llamaba de nuestros primeros Padres del Monte Carmelo. El Señor sabe si, actualmente, se mantiene. Quizás tendremos que escuchar de nuevo su voz en aquellos ejercicios cuando nos decía: “Veneradas hermanas, ahora el Concilio Vaticano II nos trae una preparación para nuevos cambios, y no sabemos cómo serán. Hemos de tomar por norma la responsabilidad de que nuestra actuación se oriente hacia costumbres que favorezcan el ideal inmutable del evangelio. Toda costumbre que favorezca la alabanza de gloria será aceptada i esta renovación no se rechazará bajo el pretexto de que antes no se hacía. Preguntémonos siempre: Este cambio ¿aumentará la presencia de Dios? ¿Mantendrá los puntos del evangelio que nuestros Padres han puesto como norma de nuestra vida? Ntra. Stma. Madre, que lleva siempre la dirección de nuestra Orden, guíe nuestros pasos y a cada uno de nosotros”.

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta IV




Dios desea a la persona

El amor que el P. Xiberta tenía a Jesús, el Verbo encarnado, y a nuestra Madre, le hacía preguntarnos: “¿Qué es más importante que amar a Jesús y María?” Y la respuesta era: “Dejarse amar por ellos”. Él había entendido perfectamente y vivía la realidad de que Dios en Cristo ama a sus criaturas, tiene sed de amarlas y sed de nuestro amor. Recordemos la frase del P. Xiberta: “hemos sido predestinados a ser conformes a la imagen de Jesús”, recordatorio que hacía en cada meditación.

Ahora se habla mucho del pathos divino, es decir, del hecho de la participación de Dios en la situación difícil del hombre, de la persona humana, del compromiso de Dios en la historia. El pathos afecta a Dios, no sólo en el conocer sino también en el sentir de Dios. Para Dios yo soy alguien que tiene un valor ante él. Nadie se ha tomado tan en serio al hombre como Dios, porque la persona humana no es sólo la imagen de Dios, es la preocupación, el desvelo perpetuo de Dios. Con todo, hemos de precisar que la noción de pathos divino no puede identificarse con la esencia de Dios, porque no es algo absoluto sino una forma de relación. San Gregorio de Nisa dice que las palabras y los conceptos crean los ídolos de Dios, por eso hemos de entender bien lo que decimos y fundamentarlo en la Escritura y  en los Padres de la Iglesia.

Aunque no es muy común que Dios manifieste sus sentimientos, en algunos lugares, como en el cap. 11 del profeta Oseas, Dios nos deja leer en su corazón, nos manifiesta el incoercible deseo que tiene de hacer, sea como sea, alianza con la humanidad caída. Pero Dios no podía expresar todo su deseo en el A.T. porque no era hombre . En la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eterno del Padre, Dios y hombre, se nos expresa definitivamente este Amor, este Deseo que llama a todo hombre. En la teología del P. Xiberta, afincada en la lectura de los Padres –y en este apartado del deseo de Dios, san Agustín, san Bernardo, santo Tomás, entre otros, son hombres de deseo y así lo manifiestan en sus escritos-  en esta teología, el P. Xiberta nos quiso expresar que Dios, en Jesucristo, vive del deseo del hombre, y el deseo que tiene el hombre de Dios es respuesta al deseo que Dios tiene del hombre. Jesús en la Cruz lanza el grito: “Tengo sed”, sed de que la persona, el ser humano, tenga sed de él.

En los ejercicios espirituales, el P. Xiberta se esforzaba en hacernos experimentar el gran amor que Dios nos tiene, no sólo al crearnos, sino sobre todo y de manera especial durante su vida terrena y su Pasión y muerte de cruz. Nos decía: que Jesús había deseado ardientemente este momento supremo de su vida. Y repasaba los evangelios para que viésemos cómo, a medida que se acercaba “su hora”, se intensificaba el recuerdo de su pasión y muerte y aceptaba los sufrimientos que le sobrevendrían. Copiamos sus palabras: “Cuando un objeto, algo, produce dolor, este dolor afecta al corazón, en Jesús no era preocupación externa sino sentimiento de amor. A nosotros nos miraba como el objeto de su pasión, como los causantes. Si su Corazón amabilísimo hubiera sido capaz de rechazarnos, lo hubiera hecho, pero para Jesús la pasión y muerte era la finalidad de su vida, la finalidad de su unión hipostática con  el Verbo”.

“Seguramente que el conocer y profundizar los sentimientos interiores del Corazón de Jesús será objeto de nuestra contemplación y nuestro gozo accidental en el cielo”. Esta frase del P. Xiberta concuerda perfectamente con la coronación del deseo que expresa santo Tomás: “En esta felicidad, consecutiva a la visión divina, todo deseo humano queda saciado, según la palabra del salmo: ‘Colma tus deseos con sus bienes’, y todo esfuerzo humano encuentra ahí su coronación” . O sea, el deseo de Dios continuará en el cielo, porque Dios seguirá deseando a la persona y la persona a Dios. Como siempre, al final de cada meditación, el P. Xiberta hace una referencia a María: “Ntra. Stma. Madre que debía ser la confidente, la testigo de las manifestaciones externas de los pensamientos internos de su Hijo, nos ayude a conocer estos mismos sentimientos”.

Acabo este apartado como lo he empezado. Dios desea a la persona, y más importante que amar a Jesús y María es dejarse amar por ellos, porque lo más esencial es sabernos amados por Dios. Podemos decir que la primera “conversión” es la de Dios hacia nosotros, la segunda “conversión” es girarnos hacia él. Dice san Agustín: “El hombre no tiene en él de qué amar a Dios, si no lo recibe de Dios. Por eso Juan dice: ‘Cuanto a nosotros, amamos a Dios porque Dios nos ha amado el primero’ (1 Jn 4,19). Y también dice el Apóstol Pablo: ‘La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” . En un siglo como el pasado en el que el sentimiento de reparación ocupaba un lugar importante en la literatura espiritual, el Padre Xiberta, vuelvo a repetir, hecho a leer los Padres de la Iglesia, supo transmitirnos que la gratuidad es la esencia de toda vida cristiana y religiosa. Para él, como para la teología primitiva, el amor, la caridad, no es un atributo de Dios sino su nombre propio, porque Dios es Amor.

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

domingo, 25 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta III


El misterio de la Salvación

En la teología dogmática, no basta exponer la obra salvadora y el ser mismo de Cristo, sino que es teológicamente necesario contemplar también esta obra de la salvación desde la Trinidad, entenderla en cuanto acción del Padre en Cristo por el Espíritu. Escuchemos al P. Xiberta: “Dios perfectísimo, necesariamente es conocimiento y amor y, por poco que nos fijemos, el conocimiento es producción, de manera que una vez conocida una cosa ya no necesitamos ir al exterior para conocerla de nuevo, sino que volvemos a lo que es fruto de nuestro conocimiento anterior. En Dios se verifica aquel misterio infinito de la Stma. Trinidad, en el que Dios Padre es verdaderamente Padre porque el conocimiento de Dios es conocimiento íntegro de sí mismo y es producción de un Hijo. Esta verdad la sabemos doctrinalmente y conviene reforzarla en nuestro interior. Dios Padre, con su conocimiento, produce un Dios Hijo el cual es imagen sustancial y perfectísima del Padre, el cual es el Verbo del Padre. Y el Espíritu Santo es igual al Padre y al Hijo, es producción del Padre y del Hijo como corriente de amor del Padre y del Hijo, pero una corriente personal, que es persona como el Padre y el Hijo. Conociendo esta verdad, vemos descifrada esta otra: cuando decimos que Dios nos conoció y nos amó, se ha de entender a través de su Hijo. Lo que Dios ama y amándolo nos ama, lo que Dios conoce y conociéndolo nos conoce, es el Hijo, al que ama exclusivamente. Fijémonos en esto: exclusivamente… Pero un día, desgraciadamente, el hombre deformó esta imagen del Hijo, de tal manera que Dios ya no nos podía amar porque éramos objeto de abominación, ya no podíamos servir para darle gloria… La restauración de la imagen de su Hijo en nosotros resultaba sumamente difícil pero la infinita bondad de Dios no se volvió atrás y así decretó el misterio de la Encarnación. De esta forma, Jesucristo se encontraba en la condición de ejecutar por sí mismo obras semejantes a las nuestras; las obras de la humanidad de Jesucristo resultan el modelo incomparable de nuestras obras, de manera que imitar las obras humanas de Jesucristo es precisamente hacernos semejantes al Padre. Son dos misterios inefables de nuestra religión, sin  los cuales no tendría nada de cristianismo.”

Y prosigue el P. Xiberta: “A veces decimos que quisiéramos ser santos, mejor diríamos que desearíamos imitar a Jesucristo, no para nuestra bienaventuranza en el cielo sino para que Jesucristo sea revelado en nosotros. Y en esto radica la fuerza del apostolado que tiene el cristianismo… y si nosotros no tenemos un apostolado más eficaz seguramente es porque no reflejamos suficientemente la imagen de Jesucristo porque éste es nuestro primer apostolado. Que Ntra. Stma Madre nos enseñe  esta gran misión, la de representar a Jesucristo, ella que la realizó por primera vez y nos dio la imagen como en un espejo, nos conceda la gracia de imitarla también a Ella y ser espejos de Jesucristo”.

El “leitmotiv” que el P. Xiberta nos iba repitiendo a lo largo de todos los ejercicios era éste: “Dios nos ha predestinado para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. La Encarnación del Hijo de Dios y la gracia, es decir, el doble punto de partida de la Trinidad divina, el inmanente y el histórico, pueden considerarse las dos formas como Dios se comunica a sí mismo, ambas se fundan en la única y libre decisión divina de entregarse a la criatura.

Pero el P. Xiberta nos habló más para ahondar en la comprensión de la historia de la redención, y lo hizo de la mano de san Pablo con una cita de Fil, 2,5ss: “Jesucristo que era de condición divina, no tuvo como una rapiña…se anonadó, -es decir, se vació, éste es el sentido de la palabra anonadar- tomando forma de esclavo y haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. “Veneradas hermanas, recuerden que la humillación comporta no aferrarse a las alabanzas, a las alturas, sino rebajarse a una condición inferior”. Y para comprender mejor lo que significan estas palabras de san Pablo, el P. Xiberta nos contaba una historia: “Supongamos que en una familia real hay un ministro, con todas las dignidades que un día, para desgracia suya, obró mal y fue echado fuera de su dignidad y reducido a un estado de suma miseria que se extendía también a toda su familia. En esta situación de miseria, ya no recuperó su dignidad de ministro del rey, y así su miseria material y moral iba en aumento. El hijo del rey, por el amor que le tenía, se propuso restablecerlo y escondiendo que era hijo del rey, abdicando de su dignidad, entró en la misma condición de miseria material y moral de aquella familia, pero su presencia les iba comunicando dignidad, poco a poco se fueron rehabilitando hasta que el hijo del rey pudo volver a llevar a aquella familia con él al palacio real... Veneradas hermanas, aquella humillación tan grande de Jesús, comenzada en la Encarnación, continuó toda su vida, de Belén a la Cruz. Hay actos de caridad que no rebajan a quienes los practican, pero hay otros de humildad que rebajan cuando se depone la propia condición y se asume otra inferior”.

 Y acaba el P. Xiberta con un toque de atención: “En la Iglesia de Dios se considera que el entrar en religión es una humillación como la de los antiguos penitentes, por eso no hay dignidades entre los religiosos, ni título honorífico alguno, los cristianos quieren ver reflejado en los religiosos este aspecto de humildad de la Encarnación del Hijo de Dios”.

 Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

viernes, 23 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta II


La existencia de Dios

En los citados ejercicios espirituales del año 1963, al hablar de nuestra total dependencia de Dios, el P. Xiberta la ponía en relación con la creación. Él nos decía: “Hagamos un esfuerzo para imaginar el primer instante de la creación, cuando las primeras criaturas fueron creadas, en el mundo no había nada, nada y nada. Nosotros no estábamos, tampoco el sol ni la luna, nada, ni tampoco el derecho a existir. De nuestra parte no había nada, de parte de Dios había él mismo, Dios infinito en su esencia, perfectamente bueno. Hagan esfuerzos por decirlo, por pensar: nada, nada”.

Es dificilísimo imaginar la nada. Mejor dicho, la nada no se puede imaginar, porque si no, sería algo, ya no sería nada. Ahora me pongo a pensar: en el principio no había nada, sólo había la nada, y este pensamiento es falso porque ya estoy pensando en algo, ya le doy forma a la nada. La reflexión filosófica sería pensar: si no había nada y luego hubo, esto quiere decir que hay un ser que no ha comenzado nunca, el ser que está en la base de la inteligencia. Nosotros somos capaces de conocer el ser, de pronunciar el verbo ser. Esto es una mesa, aquello es una silla, yo soy una persona… El ser se autoimpone a la naturaleza humana y nos lleva a intuir que el ser es eterno, que ha comenzado y antes no era. Entonces, esto quiere decir que hay un SER que no ha comenzado nunca, que no tiene ninguna causa. Ninguno de nosotros somos el ser pero no podemos dejar de pensar en el SER y nuestro pensamiento  no tiene otra salida que ir a la raíz, a la revelación de Dios mismo cuando dice a Moisés: YO SOY EL QUE ES[1] Y Jesús en el evangelio: “Soy yo”[2]. Es decir, sí que podemos imaginar que de parte de Dios había él mismo.

El P. Xiberta, en los ejercicios, nos quería hacer ver esta verdad, y que Dios es el autor de todo, de toda vida, y concretamente, el Dios personal y salvífico que se ha revelado como puro amor y como iniciativa. Me quedó muy grabado lo que nos decía: “Si de nuestra parte no había ningún título que demandase ser creados, de parte de Dios sí que había un título, él es la infinita esencia, la infinita perfección. Dios, por su propia substancia conocía esta perfección y conociéndola, se amaba. Sí, Dios se amaba porque la esencia de Dios es el amor. Y Dios quiso que su esencia fuese participada de sus criaturas. Dios, viéndose a sí mismo, amándose a sí mismo, vio que podía hacer participar a la criatura del amor que se tenía a sí mismo. Ésta es la gran realidad que da sentido a todas las cosas: las criaturas por sí mismas no son nada, pero son participación de la esencia divina, nada más ni nada menos, y Dios amándose a sí mismo, ama su esencia amándonos a todos nosotros. Sin esta participación de la esencia divina que somos nosotros, Dios no hubiera creado el mundo. Por eso hemos de afirmar que Dios no ama ni puede amar nada que no sea participación de su divina esencia. Santa Mª Magdalena de Pazzis tiene una frase que corrobora estas palabras: ‘Dios se ama por lo que es en sí mismo, pero también se ama por lo que es en nosotros’. Antes lo había dicho Jeremías: “In caritate perpetua dilexit te Deus”[3]. Hasta aquí el P. Xiberta.

El Concilio Vaticano II, un tiempo después, afirmó que toda realidad brota de la pura iniciativa del amor divino. La creación entera alcanza en la persona humana la cumbre de su sentido, la persona reúne el cosmos en sí misma, se supera a sí misma en libertad y responde así a la palabra creadora con toda la fuerza de su yo y de su mundo. Cuanto más la persona se realiza libremente a sí misma, tanto más es espejo donde se refleja la gloria del Creador. Así la existencia humana se identifica con la gloria de Dios. Dice el P. Xiberta en sus ejercicios que Dios crea un mundo que “deviene”, que se está haciendo continuamente, y prosigue: “Dios no ha creado las cosas según un querer uniforme, sino que cada una es un ejemplar determinado, siempre revelación de Dios. San Pablo dice que Dios lo había destinado para revelar en él a su Hijo, y esta vocación es universal. Las criaturas irracionales han recibido el encargo de revelar las perfecciones divinas. Así, p.e., el sol nos trae luz y calor y nos revela la magnificencia de Dios, si no lo hiciera, sería una criatura inútil y perjudicial, y así todas las otras criaturas. A las criaturas racionales nos toca dar gloria y alabar a Dios por las perfecciones que nosotros  mismos referimos a Dios. San Pablo nos expresa bien el fin de nuestra existencia cuando escribe que somos alabanza de gloria para el Señor[4]. Y otra verdad que la teología nos enseña es que Dios quiere que todas las cosas sean para nuestro bien positivo”. Acaba esta reflexión, como todas las demás de los ejercicios, con una mirada a María: “Nuestra Stma. Madre, con respecto a Dios, está en igualdad de condiciones que nosotros: Fue creada para manifestar las perfecciones divinas. También ella era una llamarada del Corazón de Dios desde toda la eternidad, y esta igualdad de origen y de condición con relación a Dios, da ocasión a coloquios muy eficaces con Ntra. Stma. Madre. Recordemos sus palabras ‘Soy la esclava del Señor, que se haga en mí según tu Palabra… Ha hecho maravillas en mí el que es poderoso”. Hasta aquí las palabras del P. Xiberta. Concluyo con una frase de Gaudium Spes, la Constitución Pastoral que afirma que Cristo se ha unido a cada hombre: “El hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad… y ha recibido también la misión de orientar hacia Dios, reconociéndolo como creador de todo, la propia persona y el conjunto del universo, de tal manera que, sometidas todas las cosas al hombre, el nombre de Dios sea glorificado en toda la tierra”[5].

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

[1] Ex 3,14
[2] Jn 18,6
[3] Jer 31,3
[4] Ef 1,6
[5] GS 34

sábado, 10 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta I


El mejor don de Bartolomé Xiberta: su amor a Dios, a Jesucristo y a María, ofrecido a las monjas

Conocí al P. Bartolomé Xiberta en el verano de 1963. Vino a la comunidad de Barcelona a darnos los ejercicios espirituales anuales, y en aquel momento servidora era novicia. Lo que más me ha unido a la doctrina del P. Xiberta fue la siguiente experiencia: En nuestra comunidad no teníamos magnetófono y las hermanas deseaban poder tener los ejercicios del P. Xiberta porque presentían que no iba a haber otra posibilidad posterior - había venido un poco enfermo de su viaje a Kenya, y con una afonía persistente -, y me pidieron que los cogiera en taquigrafía y los pasase a máquina. Fue una tarea ardua, él hablaba en catalán y mi taquigrafía era para castellano, además muchos términos eran bastante desconocidos para mí. Hice lo que pude. Pero el tener que escribirlos y repasarlos, me hizo un bien inmenso, su doctrina me quedó muy adentro.

Por eso, me van a permitir que mi visión de la doctrina del P. Xiberta la centre en los ejercicios espirituales que dio a las monjas de Barcelona. Siguió el método ignaciano, con tres meditaciones diarias y una plática, en las que la primera parte es un tratado sobre Dios y la segunda sobre Jesucristo, el Verbo encarnado, ambas impregnadas de la vida espiritual impulsada por el Espíritu Santo, y, cómo no, finalizaba cada meditación con una reflexión mariana. Tuvo también tiempo para darnos una charla diaria sobre la observancia, los votos, la vida fraterna, el Carmelo, etc.

Después del Vaticano II, alguien dijo que si la persona no poseía unos conocimientos teológicos ordenados y sistemáticos sobre el misterio de Dios, del hombre, de la salvación, no iba a poder colocar ordenadamente en los “cajones” del conocimiento el vuelco que ofreció el Concilio Vaticano II de la teología escolástica a la pastoral. La teología del Vaticano II no se mueve ya en una Iglesia en la que en lo profano y en lo social quiera ser un grupo cerrado. La reflexión de la fe se hace ahora en una Iglesia que está en diálogo abierto que da origen a un pluralismo teológico y también filosófico. Dice UR nº 11 que las muchas afirmaciones particulares de la fe eclesiástica se expresarán en un lenguaje que haga comprensible el núcleo sencillo y originario de la fe cristiana.

Este preámbulo es para decir que siempre he creído que la teología del P. Xiberta no se ha hecho antigua ni pasará, porque remite a conclusiones siempre actuales. En su reflexión estaba presente la relación entre el horizonte de la inteligencia y la experiencia concreta: El conocimiento teológico que tenía el P.  Xiberta lo aplicaba a los hechos históricos, a la situación social, espiritual, etc. Sus afirmaciones teológicas que naturalmente deberían estar condicionadas por el horizonte histórico, es decir, por la inteligencia de una época, fueron y son siempre actuales en cuanto a la doctrina. Los principios que usaba no son cambiantes y además, se adelantó con mucho a su época. Ésta es la tesis de mi ponencia que voy a probar con algunas reflexiones del mismo P. Xiberta.

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

La Sagrada Escritura, un gran tesoro


Con respecto a la estima que debemos a la Sagrada Escritura nunca podremos exagerar. Ella contiene la Palabra de Dios revelada por el Espíritu Santo y El es el autor principal, mientras que los que la escribieron eran solamente instrumentos. La Sagrada Escritura fue dada a la Iglesia como un gran tesoro, y de él principalmente toma su doctrina.

Los protestantes acusan a los católicos de no dar a la Escritura la importancia que merece. Nosotros debemos procurar que tal acusación sea falsa.

La Biblia hay que usarla debidamente. Ante todo, con la máxima reverencia. San Francisco de Sales la leía siempre de rodillas. En segundo lugar, hay que leerla con espíritu de fidelidad al magisterio de la Iglesia. El error capital de los protestantes fue tomar la Biblia al margen de la Iglesia. Y, sin embargo, el tesoro de la Sagrada Escritura lo confió a la Iglesia, y la Iglesia lo interpreta y nos lo da a nosotros. Es, pues, en comunión con la Iglesia como debemos esforzarnos por recoger los tesoros de la Escritura.

En tercero lugar, la Biblia no hay que leerla con curiosidad, como para ampliar los propios conocimientos, sino como queriendo descubrir en ella la fuente misma de las doctrinas que debemos creer y deben ser la guía de nuestra vida cristiana. El conocimiento de la doctrina es un presupuesto para el recto ejercicio de la  fe, pero este conocimiento, como tal, no constituye formalmente la perfección cristiana. (…)

La invitación a la lectura de la Sagrada Escritura no se hace principalmente con vistas a una mayor ciencia. Sin embargo, supuesta la necesidad de una doctrina apta para orientarse en la vida espiritual, esta doctrina es infinitamente más bella en los libros inspirados por Dios, que en todos los volúmenes de los hombres.

Así pues, si quiere contemplar los misterios inefables da las Divinas Personas y del Verbo Encarnado, le será de muchísima más eficacia la lectura de las divinas Escrituras, que todas las explicaciones de los libros escritos por los hombres. Así también no existe mejor medio para sentir toda la fuerza del espíritu cristiano, que el leer y escuchar los sermones del mismo Jesús, consignados en el Evangelio.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 97-98

sábado, 26 de noviembre de 2011

Estar con Jesús, esto sólo basta



Lo que me cuenta es estar con El: esto sólo basta. Especialmente en la meditación, creo que el mayor esfuerzo no debe ser el de combinar bien los pensamientos, sino el de fijar la mirada en Jesús. Una vez una novicia hacia esta reflexión: ¿Por qué no dejar la meditación para otro rato a fin de que podamos dedicar toda la hora de la oración a estar con Jesús?... Creo que tenía razón.

La cosa verdaderamente importante es darnos cuente de que Jesús está allí. Ciertamente está allí, a nuestro lado, como Dios que ocupa todo lugar; en su Humanidad está también allí, a poca distancia, en el Santísimo Sacramento. Y nosotros tenemos la suerte de estar con El sin que otra ocupación nos estorbe. Salga de El la iniciativa de hablar o de callar. (…)

¿Sabe por qué Jesús y María aman tanto a V. C., como también a mí? Porque tienen tesoros infinitos de  misericordia y buscan almas necesitadas de ella, donde poder ejercerla. Esto debe animarnos, porque el hecho de ser nosotros tan miserables (si somos humildes) no cerrará nunca la fuente de la misericordia sino que la hará manar más abundantemente.

¡Un año en el Carmelo! Piense si puede contar las gracias recibidas, y si estas gracias son menores por el hecho de que el Señor se ha complacido en llevarla ordinariamente por el camino de la aridez. El mismo día de la Purificación de María cumplí treinta y ocho años de Profesión Solemne; he cumplido ya cuarenta y ocho años de vida en el Carmelo. Ayúdeme, por favor, a pedir perdón por tantas infidelidades, y a dar gracias por tanta misericordia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 436-438

sábado, 19 de noviembre de 2011

La Eucaristía, unión real con Jesús


El gran problema de la vida sobrenatural se cifra en asegurar nuestra unión real con Jesús. El Señor no quiso que esta unión se realizase sólo de un modo ideal, a base de pensar en su vida, pasión y muerte, o mediante la contemplación de su misión salvífica y santificadora, sino que ha querido que se realizase también real y sustancialmente. Y a este fin fue instituido el Santísimo Sacramento.

En la Eucaristía, el mismo Jesucristo que ahora está en el cielo, con la realidad substancial de su Cuerpo y Sangre, se pone en contacto con nosotros. Un contacto no sólo de verdadera presencia, como cuando lo adoramos en el  Tabernáculo, sino también haciéndose nuestro alimento.

Mediante el Santísimo Sacramento nosotros somos real y substancialmente una misma cosa con Jesús. Nos es una simple metáfora que Cristo sea la vid y nosotros los sarmientos, El la cabeza y nosotros los miembros. Nos convertimos en una derivación y prolongación de Jesús en la medida en que somos fieles a la gracia.

Ni siquiera durante toda la eternidad seremos capaces de comprender adecuadamente las maravillas de la Eucaristía. Recuerde aquella sentencia de san Agustín: El Alimento Eucarístico no se convierte en nuestra sustancia, sino, al revés, nos convierte a nosotros en Cristo. Creo que, ampliando este pensamiento, podemos decir con justeza que no solamente Jesús desciende a nosotros por la Eucaristía, sino que también nos hace subir hasta El. He aquí, a mi entender, un buen tema de meditación: la Sagrada Comunión nos transporta a Jesús que está sentado a la derecha del Padre.

Jesucristo habita con nosotros en la tierra bajo las especies sacramentales. Esto es cierto. Pero también es verdad que uniéndonos a Jesús, ya no vivimos sobre la tierra, sino más bien en el cielo.

El Santísimo Sacramento tiene además otra función, la de imponernos una forma de vida. A veces surge la dificultad de que durante la Santa Misa y en el acto de la Comunión tenemos menos recogimiento que en la meditación. De ahí una cierta reserva respecto las ceremonias y solemnidad externa, instituidas por la Iglesia, a fin de realizar con mayor eficacia la Sagrada Eucaristía.

Sin embargo, la Santa Misa y la Comunión hacen que la vida espiritual sea una derivación de la vida de Jesús. La Comunión no se se mide por la intensidad de afectos y pensamientos que provoca en el momento de recibirla. Como el acto de la Profesión no se mide por el fervor del momento sino por cuanto impone la norma para toda la vida religiosa. Así también la Misa y la Comunión.

Se pude decir que nuestra vocación a la santidad consiste en realizar lo que la Santa Misa y la Comunión suponen.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 73-75

sábado, 12 de noviembre de 2011

La unión con Jesús, fundamento de la vida sobrenatural


La vida sobrenatural del alma de todo cristiano, con tal que no tenga la desgracia de estar en pecado, es infinitamente sublime, ya que es una vida verdaderamente divina al ser Dios su alma y su principio.

Las Tres divinas Personas habitan en el alma cristiana, y, siendo el Espíritu Santo el principio informante de toda actividad, transforma el hombre en verdadera imagen de Dios. Así el alma en estado de gracia está divinizada, al igual que un carbón encendido se transforma en fuego. Ahora bien, la deificación de por sí es enormemente desproporcionada a la naturaleza humana. Ser imagen del Padre e heredero de los tesoros infinitos de la Divinidad, poseer como propio el Espíritu Santo, todo eso pertenece por naturaleza al Hijo, a Cristo Jesús.

Sin embargo, estos dones nos han sido comunicados por la vida de la gracia en tanto en cuanto el Hijo por su Encarnación, Pasión y Resurrección nos ha hecho hermanos suyos y como tales hijos adoptivos de Dios, y, por lo mismo, coherederos de las infinitas riquezas de la Divinidad que pertenecen a nuestro Hermano Primogénito, Jesucristo.

Toda la vida sobrenatural, comenzando por las gracias del Bautismo, continuando por las gracias que el Señor a veces nos concede en la oración y terminando con la gloria eterna, toda esta vida sobrenatural, digo, está condicionada al hecho de que nosotros permanezcamos unidos a Jesús para que de este modo nos pueda transferir su vida personal. Recuerde la alegoría de la vid y de los sarmientos y los miembros usada por San Pablo (Ef. 4,15).

 Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 72-73

viernes, 4 de noviembre de 2011

La presencia de Dios en la oración


Cuando sentimos la presencia de Dios en en la oración, sólo experimentamos levemente lo que se realiza con toda verdad en la esencia del alma y que constituye el estado de gracia.

Es verdad lo que V. R. dice, que todo cuanto escribe el Venerable Domingo de S. Alberto sobre el Amor de Dios, todo es poco. Pues yo digo lo mismo de la unión de Dios con el alma. Somos incapaces en la presente vida, aun contando con gracias extraordinarias, para comprender toda esta grandeza. En otras ocasiones he insistido en que por la vida de la gracia se da una verdadera deificación.

La deificación suprema es la de la unión personal del Verbo con la naturaleza humana en Cristo Jesús. Luego está la unión de la Divinidad con María, nuestra dulcísima Madre, para producir conjuntamente al Verbo de Dios, hecho Hombre. Hay también la unión de los bienaventurados con Dios, que nosotros podemos comprender de algún modo por la unión que existe entre nuestras ideas y el entendimiento. Existe, finalmente, la unión por la gracia, cuya excelencia descubrimos ya desde ahora por sus consecuencias, es decir, en cuanto nos capacita para realizar obras divinas y naturalmente desemboca en la unión beatífica.

Los Santos Padres de la Iglesia jamás han dudado en llamar deificación al estado de gracia y menos todavía el mismo S. Pedro. Este describe categóricamente que hemos sido hechos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4). Y eso, ¿por qué? No ciertamente por nuestros méritos, porque Dios no escucha otra voz que la de su Bondad infinita, para la cual ningún don creado es suficientemente grande.

Todo nuestro esfuerzo en la oración debe orientarse a darnos cuenta, a gustar y a experimentar estos misterios que constituyen la vida de la gracia, tal como nosotros lo creemos por la fe. Todo lo demás que pueda sobrevenir en la oración hay que abandonarlo, porque carece de importancia. Pues se trata de concomitancias que ordinariamente sólo reflecten el contenido de nuestro espíritu.

Ni siquiera es necesario fijarse en el modo como experimentamos las operaciones divinas. Pues estos modos no son otra cosa que medios proporcionados a nuestro estado de ánimo, pero no expresan la naturaleza misma de las operaciones de la gracia. Estas sólo las conocemos por pura fe.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Cartas desde el Carmelo”, p. 124-125

viernes, 28 de octubre de 2011

Bartolomé Xiberta y las monjas carmelitas II

 
Gracias a la gran abundancia de cartas enviadas a las monjas carmelitas, se ha podido descubrir otra faceta de la rica personalidad de Bartolomé Xiberta. En efecto, sin haber escrito ningún tratado de espiritualidad, a través de sus cartas aparece, junto con el P. Juan Bautista Brenninger, como el gran maestro de la espiritualidad carmelitana de nuestro tiempo. De hecho se han recopilado en cuatro volúmenes cartas y otros escritos espirituales de Bartolomé Xiberta.

Ellas nos han dado a conocer la dimensión profunda de su personalidad, que unía al sabio con el santo. Las monjas conocieron y admiraron sus virtudes: humildad, abnegación, caridad, total disponibilidad para ayudar y sacrificarse por los demás. También supieron de sus sufrimientos y alguna religiosa fue testigo de sus lágrimas. Con razón se puede afirmar, y las cartas lo demuestran hasta la saciedad, que las monjas eran sus verdaderas confidentes. Era exigente consigo mismo, pero tolerante y complaciente en extremo, sobre todo con los más débiles y enfermos. Porque vivía personalmente la mística sabía aconsejar y guiar a las que estaban llamadas a escalar la cumbre de la espiritualidad.

Con motivo de su muerte se publicó el testimonio realmente edificante y revelador de algunas carmelitas que lo conocieron y trataron a fundo.

El testimonio de una monja expresa lo que pensaban de él todas las que lo trataron: “Era un santo. Es difícil hablar de sus virtudes, puesto que al subrayar una se descubre otra que brilla con igual magnitud. Para nosotras es un santo muy humilde pero muy grande, que ha sabido unir su gran sabiduría con su gran santidad. Y esto bajo humildes apariencias que le asemejan a Jesucristo que pasó por el mundo haciendo el bien. Un padre rebosando tres grandes amores: Dios, Nuestra Santísima Madre y la Orden del Carmen. Un padre con el corazón rebosando de sabiduría, bondad y sencillez”.

Cuando llegaba a un monasterio de monjas espontáneamente manifestaba una alegría desbordante, puesto que se sentía como en casa. Sabía que era comprendido y aceptado. Allí podía desahogarse y manifestar abiertamente sus más intimas convicciones religiosas. De este modo se entregaba en cuerpo y alma a atender espiritualmente a las religiosas. En sus visitas, generalmente breves, el ministerio pastoral que realizaba era agotador: pláticas, confesiones, dirección espiritual. Todas las monjas aprovechaban su estancia para hacerle consultas espirituales. Sin embargo, él solía decir, y no cabe duda que era sincero, que la visita a un monasterio era un descanso para el espíritu. Su trato con las monjas más que respetuoso era reverente. De hecho encabezaba las cartas con: Venerada hermana. Jamás hizo discriminaciones. Trataba por igual a la Madre superiora que a la más humilde Hermana de obediencia. Sus preferencias eran para las enfermas y las que sufrían alguna grave tribulación.

R. Ribera, “El P. Xiberta y la restauración de la Provincia de Cataluña”, in “Cerni Esentia Veritatis. Miscelánea homenaje al P. Xiberta de la región ibérica carmelita”, Barcelona, 1999, p. 85-86.

sábado, 22 de octubre de 2011

Bartolomé Xiberta y las monjas carmelitas I


En sus anos de exilio en Cataluña (como más tarde en Roma), el P. Bartolomé Xiberta, a su de por sí fatigosa actividad, añadía la preocupación y atención espiritual a los cuatros conventos carmelitas catalanes de clausura, tres de los cuales fueron destruidos durante la guerra.

Visitaba las monjas carmelitas siempre que podía, asistiéndolas espiritualmente y las ayudaba con todos los medios a su alcance. Ellas fueron las que más íntimamente le trataron, y las mejor dispuestas para recibir y asimilar su magisterio espiritual. Cuando al P. Xiberta se le preguntaba acerca de su verdadera devoción hacia las monjas, respondía que eran ellas las que mejor representaban y realizaban el ideal del Carmelo. Escribe a una monja de Jesi (Italia): “Es para mí un motivo de gran consuelo poder dedicar un poco de tiempo de mi ministerio a nuestras Hermanas para fomentar más y más la perfección de la vida Carmelitana en nuestros Carmelos. Por eso, tanto V. C. (Vuestra Caridad), como las demás Hermanas, pueden escribir con toda libertad, persuadidas de que no me roban el tiempo ni es molestia alguna para mí”.

En otra carta añade que si bien es cierto que está muy ocupado, lo primero es promover el bien espiritual de los conventos. Las anima a que le escriban. Aunque puede ser que sus respuestas sean breves, pero lo hará con mucho gusto. Le recomienda a la monja que rece por el Carmelo de Cataluña y especialmente por el Seminario menor, que está en vías de restauración.

Escribiendo desde un pueblecito cercano a Olot, donde daba Ejercicios espirituales a unas monjas, no carmelitas, dice: “¡Cuán atractivo es este trabajo de reflexión sobre las grandes verdades de la vida sobrenatural en compañía de almas consagradas a Dios!” Y esperando dar una tanda de Ejercicios a monjas carmelitas dice que para él son días de “gozo interior”.

Al P. Enrique Esteve le recuerda que las monjas son parte esencial de la Orden y añade: “Creo que no debemos ahorrar ningún esfuerzo para ayudarlas. Mucho me gustaría saber encontrar vocaciones y dotes. Con las cartas y dando Ejercicios espirituales, cuando puedo, es mi manera de hacer algo a su favor”. En otra carta al mismo Padre dice que es un deber de nuestros Padres dar Ejercicios cada año a las monjas. Desea hacerlo así en Cataluña y en la Provincia Arago-Valentina. Confiesa que le causa un gran gozo interior. Si le llaman a Roma piensa hacer lo mismo con las carmelitas italianas.

Bartolomé Xiberta aprovechaba las vacaciones de Navidad y Pascua para visitar los conventos de Italia, mientras que en las de verano visitaba los de España y Portugal. Con frecuencia empalmaba una tanda de Ejercicios espirituales con otra. En el Arxiu P. Xiberta se conservan muchos manuscritos de sus Ejercicios; dos de ello, dados en Barcelona y en Jesi, son completos, puesto que las monjas los taquigrafiaron mientras los predicaba. El P. Joan Colldecarrera, siendo Provincial, publicó, para uso privado, unos Ejercicios del P. Xiberta.

R. Ribera, “El P. Xiberta y la restauración de la Provincia de Cataluña”, in “Cerni Esentia Veritatis. Miscelánea homenaje al P. Xiberta de la región ibérica carmelita”, Barcelona, 1999, p. 84-85.

lunes, 17 de octubre de 2011

Dirijamos nuestros pasos hacia la cumbre del Carmelo


El Carmelo es una montaña en que las faldas son más bien feas y, si uno se detiene en ellas, con facilidad pierde el aliento y no encuentra gusto en nada. Pero en la cima ¡oh, qué hermoso es todo! Si alguien se quisiera quedar en la falda moriría de asco, pero, si se decide a subir a la cima, desde que comienza el ascenso experimentará lo que es gozar.

En la cima realmente hallaremos a Nuestra Santísima Madre, y donde Ella se encuentra todo es belleza y alegría. Relean en el Oficio de Nuestra Santísima Madre el Himno de Laudes: hacia las altísimas cumbres del Carmelo dirijamos nuestros pasos, nos llama la Virgen Madre, para enriquecernos de gracias. Allí nos es dado ver la faz y la gloria de Dios…

La veremos, naturalmente, tal como es posible en este mundo, por la oración y la contemplación. Y por lo tanto lo más que nos debe preocupar es aprender a orar: acostumbrarnos a pasar el tiempo en intimidad con Jesús y María; mirar y conversar de tú a tú con el Señor.

Esto se aprende con relativa facilidad mientras no se tengan otras preocupaciones. Si uno se preocupa de las criaturas, sobre todo de sí mismo, de si estoy así o asá, si me hacen esto o aquello, entonces no acabará nunca de vivir en intimidad con Jesús y María.

Sólo les advertiré que no pretendan llegar a la cumbre en seguida. El himno nos dice: Dirijamos nuestros pasos (“gressus feramus”) hacia la cumbre. Mientras vayamos caminando, Nuestra Santísima Madre ya está contenta y nos ama.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 157-158

sábado, 8 de octubre de 2011

La doctrina espiritual de Bartolomé Xiberta y su actualidad II


El mensaje de este fraile humilde e insigne teólogo sin duda alguna es válido también para el mundo actual, tan desesperanzado y triste como alejado de Dios: “Dios es bueno y nos ama; en Dios está nuestra felicidad”. Si el mundo está sumido en sombras de muerte y desesperación no es porque Dios se haya alejado de él (pues lo sigue amando a pesar de todo), sino porque el mundo se ha alejado de Dios. Si Dios parece que calla es porque el mundo no escucha. “El pensamiento de Dios – dice Bartolomé Xiberta – lleva necesariamente al optimismo. Porque Dios es dichoso en sí mismo, esencialmente, en grado infinito y, por otra parte, es dador de felicidad necesariamente. El sólo puede hacernos dichosos”. Para él, la tristeza y la desesperación es la condición del que no tiene fe.

Qué debemos hacer para corresponder a este amor de Dios? Desde luego corresponder con amor. ¿Cómo? Y aquí está la originalidad de la doctrina de Bartolomé Xiberta: “Para amar dignamente a Jesús hay una cosa más grande (que ofrecer nuestro amor): dejarse amar por El. Esta es la primera cosa de la vida espiritual: dejarse amar. Esta es la verdadera entrada en la oración: darnos cuenta de que Jesús nos ama. Después viene nuestra respuesta. Amen mucho a Jesús y María, pero más aún, déjense amar por Ellos. Es más importante dejarse amar que amar”.

Este dejarse amar no es una actitud meramente pasiva, comporta todo un programa de vida espiritual informado por el amor, la generosidad, la alegría y el fervor en el servicio del Señor. Este es el sentido que tiene para Bartolomé Xiberta la expresión que repite tanto en sus cartas: “Qué Jesús y María nos amen”. No quiere sólo expresar un deseo, sino estimularnos a la generosidad en el servicio de Dios para hacernos menos indignos de este amor.

Pablo M. Casadevall, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales de Bartolomé Xiberta”, p. XIII-XIV

La doctrina espiritual de Bartolomé Xiberta y su actualidad I


La doctrina espiritual de Bartolomé Xiberta es y seguirá siendo actual, pues la ha bebido en las más puras fuentes del Evangelio, cuyas verdades él intuye con su agudeza de teólogo y vive como cristiano práctico y religioso fervoroso. Los santos parece que tienen un sexto sentido para captar las cosas de Dios. Son, como todos los mortales, hombres de su tiempo, que reciben las influencias del medio en que tuvieran que desenvolverse, pero que, en la aplicación práctica de las verdades, saben dar la importancia a lo que lo tiene y guardar en todo un justo equilibrio.

El punto central de su mensaje yo lo veo en el enfoque que él da al amor: “Jesús es bueno y nos ama”, que nos suena en sus labios y en su pluma como el magnum gaudio, es decir, el anuncio gozoso de la Buena Nueva. La iniciativa parte de Dios. Es, al fin y al cabo, lo mismo que nos dice el Discípulo amado: “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros” (1 Jn. 4,10).

Bartolomé Xiberta, con la sencillez de un niño y con la profundidad de un teólogo, repite continuamente en sus cartas: “Jesús es bueno y nos ama”. Se dice de San Juan Evangelista que al fin de su vida ya no sabía decir otra cosa, sino: “Amaos los unos a los otros”. El Padre Xiberta en su madurez llega también a una simplificación semejante de la vida espiritual: “Por lo demás, no sabría qué decir, sino lo de siempre: “Que Jesús es bueno. Aquí empieza y acaba todo” (carta 39).

Y, como buen carmelita, al amor de Jesús une el Padre Xiberta el amor de María: “Jesús y María son buenos y nos aman. Jesús es bueno y María es nuestra Madre, así que es un estúpido el que se angustie”, y de diversas maneras va repitiendo los mismos conceptos.

El primer efecto que produce en nuestra alma sabernos objeto del amor de Dios es una gran alegría, tanto más grande cuanto más se comprende y se cree esta verdad. “Con el gozo y la paz empiezan los frutos de Espíritu Santo”. Nada tiene de particular, pues, que él dé tanta importancia a la alegría en el Señor: “Con un Señor tan buenísimo y una Madre como María, ¿cómo no estaríamos rebosando de alegría”.

Pablo M. Casadevall, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales de Bartolomé Xiberta”, p. XI-XIII

jueves, 6 de octubre de 2011

En María está la belleza

 
En María está la belleza; pero no una belleza cualquiera, sino la belleza incomparable que cautivó el corazón de Dios, la belleza que cautiva también nuestras almas. En María está la belleza de la “vida”. (…) La belleza que admiramos en la Santísima Virgen conduce a la vida, y nos transporta infaliblemente a la belleza divina de su Hijo. Nosotros estamos naturalmente ávidos de belleza. Saturémonos de la belleza de María, contemplándola a placer; no seamos avaros del tiempo que podamos emplear en esta contemplación. Pero contemplémosla de manera que su belleza se grave en nosotros y haga nuestra alma grata a los ojos de Dios. La Sabiduría, según la Sagrada Escritura, es también bella en el sentido de que embellece el alma que la posee, y embelleciéndola la vivifica. Al igual María: los hijos que se dejan vestir y adornar de tal Madre, se quedarán tales que agraden a Dios, amador de la belleza verdadera.

P. Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “La fiesta de la Virgen del Carmen”, p. 66

Amar y dejarse amar por Jesús


Amen mucho a Jesús y a María, pero, más aún, déjense amar por Ellos. Nadie me lo quita de la cabeza que es más importante dejarse amar que amar. Poca cosa es lo que reciben de nosotros y mucho lo que Ellos nos dan.

Como dice Santa Magdalena de Pazzis: Nosotros antes de existir en el mundo, fuimos un pensamiento de la mente divina y un destello de su amor.

Yo creo que cometemos una equivocación garrafal: Nos pensamos que nuestra principal obligación es dar a Dios, y hacer sacrificios y mortificaciones y quien sabe qué más. Pues no, esta es la segunda obligación, porque la primerísima es disfrutar: A Dios nuestro bien le place sobre todo dar; recibir, sólo en segundo lugar.

P. Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Cartas desde el Carmelo” – carta 12

Padre Bartolomé Xiberta en el Concilio Vaticano II


Los participantes carmelitas en el Concilio Vaticano II, fotografiados el 23 de octubre de 1962, 12 días después de la apertura del Concilio. Fila de atrás (de izquierda a derecha): P. Bartholomaeus M. Xiberta (Cat), Obispo Redemptus Gauci (Mel), Obispo Raymond Lui (Flum), Obispo Nevin Hayes (PCM). Fila de delante (de izquierda a derecha): Obispo Gabriel Bueno Couto (Flum), Obispo Avertanus Albers (Indo), P. Kilian Healy (Prior General), Obispo Telesphorus Cioli (Ita), Raymond Lamont (Hib-Z).

miércoles, 5 de octubre de 2011

Proceso de Canonización del P. Bartolomé M. Xiberta, O. Carm.

  
El día 26 de septiembre de 2003 tuvo lugar en el palacio del obispo de Barcelona, la Clausura del Proceso Diocesano de Canonización del P. Bartolomé Fanti M. Xiberta, O.Carm., presidida por el Cardenal Mons. Ricard Maria Carles. La copia de las Actas del Proceso y los Documentos fueron entregados en Roma a la Congregación de las Causas de los Santos para la elaboración de la Positio.

martes, 4 de octubre de 2011

Padre Bartolomé Xiberta, O. Carm



El Padre Bartolomé Xiberta, O. Carm., nació en Cataluña el 4 de abril de 1897, entró en la Orden Carmelita en 1912 y profesó solemnemente en 1917. Dos años después fue enviado a Roma para continuar los estudios teológicos. Fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1919.

Maestro en Teología, por la Universidad Gregoriana, a cuya enseñanza consagró casi toda su vida. Fue profesor de Teología Dogmática en el Colegio Internacional San Alberto (Roma) y en el Pontificio Instituto de Ciencias Sagradas Regina Mundi. Fue miembro de la Academia Romana de San Tomás, y de otras Academias y Sociedades de Estudios; consultor de la Sagrada Congregación de Sacramentos; miembro de la Comisión preparatoria del Concilio Vaticano II y perito del mismo, participando muy activamente en las dos primeras sesiones. Fue una personalidad destacadísima en su Orden, desempeñando los más altos cargos: Comisario General de Cataluña y Asistente General.

En el campo teológico, uno de los mayores méritos de Bartolomé Xiberta consistió en descubrir y revalorizar a los maestros carmelitas medievales, sobre los que escribió dos valiosas obras: De Scriptoribus scholasticis s. XIV ex Ordine Carmelitarum (Lovaina 1932) y Guiu Terrena, carmelita de Perpinyú (Barcelona 1932). Fue una personalidad polifacética en el terreno teológico. Autor de numerosas obras (impresas y manuscritas), fue talento especulativo, que cultivó con gusto la investigación histórica.

Como teólogo especulativo, destacan sus estudios sobre el sacramento de la Penitencia, al que dedica la obra Clavis Ecclesiae, Roma 1922; y sobre las doctrinas cristológicas, de las que se ocupa en las obras: Tractatus del Verbo Incarnato, 2 vol., Madrid 1954, El yo de Cristo. Conflicto entre dos Cristologías, Barcelona 1954. Elaboró una selección de fuentes para el estudio de la Cristología en una obra meritísima: Enchiridion del Verbo Incarnato (Madrid 1957). Su concepción general de la Teología la dejó expuesta en su obra Introductio in Sacram theologiam (Madrid 1949). Su última obra estuvo dedicada a la divina Revelación: La tradición y su problemática actual (Barcelona 1964).

Influenciado por el Cardenal Franz Ehrle y el jesuita Maurice de la Taille, escribió su tesis doctoral Clavis Ecclesiae, un estudio por el que ha sido bien reconocido como un renovador del sacramento de la penitencia, afirmando que en la Iglesia primitiva la penitencia tenía un carácter social y comunitario y orientada hacia la reconciliación del individuo con la Iglesia y con Dios.

Desarrolló un intenso apostolado en bien del Carmelo femenino, no sólo con su continua correspondencia, sino también por medio de retiros, ejercicios espirituales, conferencias, etc. Aprovechaba las vacaciones de Navidad y Pascua para recorrer los monasterios de Italia, y las de verano las reservaba para los de España y Portugal.

Bartolomé Xiberta fue un cristiano dedicado al servicio del pueblo de Dios, un católico convencido de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, un carmelita totalmente dedicado al servicio de Cristo a través de María y en el espíritu de Elías.

Murió en Tarrasa el 26 de Julio de 1967, después de tres largos años de enfermedad.

El día 26 de septiembre de 2003 tuvo lugar en el palacio del obispo de Barcelona la Clausura del Proceso Diocesano de Canonización del P. Bartolomé Fanti M. Xiberta, O. Carm., presidida por el Cardenal Mons. Ricard Maria Carles.

Más información sobre el pensamiento de este teólogo carmelita, que durante el Vaticano II se sentaba en el mismo banco junto a Karl Rahner y Henri de Lubac, se encuentra en la publicación In Mansuetudine Sapientiae, con la que en el 1990 sus colegas y discípulos han querido honrar a su compañero y profesor con una colección de estudios varios.

Fuentes:
Pablo M. Casadevall, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales de Bartolomé Xiberta”.
Enrique Llamas Martínez, Enciclopedia Rialp.