sábado, 17 de marzo de 2012

La alegría en el servicio de María

 
 
Ya que Dios nos deja servir María, vivamos con alegría. Como también cuando nos empeñamos en que las criaturas sean buenas… Yo creo que para conducir las almas sólo hemos de procurar amar a Jesús y María, que todo lo demás viene por si sólo. Pero, ¡qué buena es Nuestra Santísima Madre y qué tontos somos nosotros que nos preocupamos por otras cosas y llegamos incluso a entristecernos!

En la medida en que nosotros vivamos en María y por María en Jesús, se cumplirá en nuestra vida aquello de San Pablo “Estad siempre alegres en el Señor” (Fil. 4,4). Miren, es tan verdadero esto que un santo Padre, Clemente de Alejandría, llegó a creer que Jesús, como vivía siempre en el Padre, no pudo sufrir. Tenía, sí, lo que causa el sufrimiento, pero El no sufría porque estaba totalmente en el Padre. Esto es falso, porque el Señor ordenó las cosas de manera que pudiera sufrir inefablemente; pero el principio es verdadero.

Les pido de todo corazón e insistentemente que amen a Nuestra Santísima Madre. Y que la puedan amar de aquella manera que es gozar. Ya saben que hay dos manera de amar, amar gozando y amar sufriendo. Ella a nosotros muchas veces nos ha de amar con aquel amor que nos es gozo. Por lo mismo si alguna vez quiere que la amemos con el otro amor, que es dolor, de ninguna manera lo rehusemos.

Amen a Nuestra Santísima Madre y hagan aquello que es más importante aún. ¿Han adivinado qué es aquello más importante que amar nosotros a María? Pues quedarnos boquiabiertos al pensar que Ella nos ama. ¡Ella a nosotros!!!! “Como uno a quien su madre le consuela” (I. 68, 13) Sí, así nos lo dice la Iglesia: nos hace caricias, como una madre a los niños pequeños. Créanme, háyanse niñas muy pequeñas, para que Nuestra Santísima Madre las pueda tratar como tales.

Quería inculcar que tomasen como tarea de toda la vida: portarse de tal manera que el Carmelo pueda ser amado por Jesús y María con verdadero amor de complacencia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 176-177

sábado, 10 de marzo de 2012

La oración ha de ser muy madrugadora




La palabra “preocupemos faciem eius” (Sal. 94,2) quiere decir: anticipemos su faz. Pues bien, Dios nuestro Señor nos muestra la cara con sus beneficios; por eso en un texto de la Escritura dice: “La espalda, y no la cara, les mostraré”, amenazando con grandes castigos (cf. Jr. 18,17).

Ahora, cada día, a la salida del sol, es como si Dios nuestro Señor volviese a derramar sus beneficios, que estaban como detenidos durante las tinieblas de la noche; entonces, anticipar su faz en su alabanza es una exhortación a la diligencia, a comenzar muy pronto nuestra jornada de alabanza. Que no sean los pajarillos los primeros en alabar a Dios, sino nosotros.

En la carta de la Hermana he aprendido un pensamiento que no se me había ocurrido: toda la vida es un ensayo del cielo. ¡Aprender ya aquí lo que haremos en el cielo! El Oficio Divino es aprender cómo cantaremos por toda la eternidad el trisagio de Isaías (Cf. Is. 6,3) y el cántico nuevo del Apocalipsis (Ap. 14, 39. La meditación es aprender a estar embobados ante la faz de Dios.

Por eso, el Oficio Divino no está bien rezarlo según el mínimo precio para cumplir la obligación; hemos de aprender a rezarlo con toda solemnidad y elegancia, que lo conviertan en una verdadera delicia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 275-276

viernes, 24 de febrero de 2012

Oración de la presencia de Dios



A cambio de todos nuestros sacrificios, Dios nuestro Señor nos tiene prometida su visión por toda la eternidad. Mientras tanto el premio ya se nos adelanta en la posibilidad de vivir en la presencia de Dios.

Mire, sobre lo que me pregunta de la oración, creo que la respuesta ha de ser que cada uno se deje llevar por el Espíritu Santo, que inspira las almas como quiere (cf. Jn. 3,8). A mí lo que me resulta mejor es esto: mirar a Jesús, tal como es, por tanto con su Humanidad y después mirar como cae sobre El toda la plenitud de la Divinidad, asimismo respecto a Nuestra Santísima Madre. Pero sí que conviene no dejar el aspecto humano, que El tomó justamente para acercarse a nosotros.

Oración de la buena es la que consiste en ponerse por frente a Jesús y María, y no por vía imaginativa, sino por vía de fe. Fijar las potencias allí donde realmente está Dios nuestro Señor y entonces se continúa en su presencia, según El disponga, y ejercitar la fe de manera que nos encontremos bien delante de Dios nuestro Señor.

¡Encuentro tan hermoso el cruzarse de brazos y no hacer nada, sólo mirar el Sagrario, el cielo azul, las imágenes, el Santo Escapulario, y darse cuenta de cómo Jesús y María nos aman, y dilatar el corazón y respirar hondo…!

El Carmelo no puede ofrecer a las almas que El se dan otra cosa que la oración constante. La única queja razonable que podría hacer una alma entrada en el Carmelo es la de no hallar ambiente de oración.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 267-268

viernes, 10 de febrero de 2012

Lo importante es caminar hacia la perfección



No tenga prisa por llegar a la perfección. Es que a la perfección  no llegaremos sino en el cielo. Ahora es cuestión de de caminar hacia ella.

Como es inherente a nuestra naturaleza tener defectos, respectemos a cada uno (y a nosotros mismos) su defecto y tendremos mucho ganado para la paz exterior.

Todas las perfecciones que hay en nosotros, sobre todo las sobrenaturales, son trocitos de la perfección divina, la misma de Dios; como toda la claridad que hay en la tierra es de la luz del sol.

Cuando Dios crea las almas les señala el término al que  habrían de llegar, pero esto nos es límite, sino más bien altura, pues se trata de de participar en las perfecciones divinas. Se trata más de calidad que de cantidad.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 93-94

viernes, 3 de febrero de 2012

Presentació del llibre “La eclesiología del P. Bartolomé Xiberta (1897-1967)”


El P. Manuel Bonilla Gutiérrez, O. Carm., Prior Provincial dels Carmelites de Catalunya i Edizioni Carmelitane de Roma

us conviden a la presentació del llibre del Dr. Mn. Josep M. Manresa:

La eclesiología del P. B. Xiberta (1897-1967)
El “Redescubrimiento” de la Iglesia como “La Obra de Cristo”

Intervindran el Bisbe de Terrassa, Mons, Josep Àngel Saiz Meneses,
el Prior General dels Carmelites, P. Fernando Millan Romeral, O. Carm.,
Mn. Salvador Pié i Ninot, professor d’Eclesiologia a la Facultat de Teologia de Catalunya,  i el P. Giovanni Grosso, O. Carm., director de Edizioni Carmelitane.

L’acte tindrà lloc divendres 10 de febrer de 2012 a les 19.00 h., a la sala Mont Carmel del convent dels Pares Carmelites de Terrassa (carrer Francesc Salvans, xamfrà amb avinguda Abat Marcet).

domingo, 29 de enero de 2012

La presencia de Dios



Recuerde que la vida carmelita, en sustancia, se centra en vivir constantemente en la presencia de Dios. Para actualizar esta continua presencia, la fe nos proporciona excelentes verdades: Dios es inmenso; Dios obra sobre todas las cosas; las tres divinas Personas viven dentro de mi alma estando en gracia; Jesús está corporalmente presente en el Santísimo Sacramento; Nuestra Santísima Madre desde el cielo, si, me mira realmente y me ama y se preocupa de mí…

Recuerde aquel salmo: “¡A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada?” (Sal. 138,7). ¡Encontrar a Dios nos es difícil! En todas las partes lo hallamos. Si hubiésemos de huir, entonces si que nos veríamos con dificultad, y no lo conseguiríamos. Mire, el día que aprendamos a vivir realmente en la presencia de Dios, aquel día empezaremos a ser carmelitas.

“Vive Yahvé, Dios de Israel, en cuya presencia estoy” (ir. 17,1). Lo dijo Nuestro Padre San Elías, y los hemos de decir nosotros, si hemos de ser dignos hijos suyos. Es un grito de alegría, de triunfo, pues si estamos en la presencia de Dios, ¿quién nos podrá dañar? Este lema de nuestro Padre nos es solamente una constatación de que estamos cumpliendo el ejercicio de la presencia de Dio, sino, sobre todo, que Dios está presente en nosotros, Dios con todo lo que El nos aporta, que es todo aquello que es un bien.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 154-155

sábado, 28 de enero de 2012

Silencio porque Dios habla



Realmente, Venerada Hermana, tiene razón de preocuparse para que la observancia sea completa, completísima, sobre todo la observancia del silencio.
Verá, nos es que el silencio material sea lo más importante en el Carmelo, pero sí que es la condición indispensable para obtener las dos cosas más importantes, que son: la presencia de Dios y la caridad. La presencia de Dios se obtiene espontáneamente en un ambiente de silencio., porque Jesús y María hablan muy quedo en el fondo del alma; si no hay voces discordantes, entonces, aquella voz dulcísima se oye admirablemente y se vuelve “más cortante que espadas de dos filos” (Hb. 4,129. pero si hay voces discordantes, voces de criaturas, no se oye nada. Y ¡vaya ganancia!

Continúe llevando a las novicia por el camino del silencio; que puedan continuar diciendo que los pajaritos hacen más ruido que toda las novicias juntas. Que vivan muy solitarias hasta la profesión solemne.

Ojalá que en ese Carmelo, durante el día, fuera de la recreación se mantenga el silencio tanto como en el convento de Rennnes, del que se cuenta que el Sr. Obispo, a quien gustaba mucho visitarlo, se quedaba admirado de ver que, a pasar de vivir en él cien religiosos, a cualquier hora del día hubiera tanto silencio como si fuese media noche.

No hablar sino por necesidad, y entonces en voz baja. En la santa recreación, bien unidas todas, y alegrarse mutuamente con santa alegría.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 250-251

sábado, 21 de enero de 2012

Ser silencio



Crea que es una gracia que le hizo  el Señor dándole a entender qué cosa es no sólo observar el silencio, sino ser silencioso. ¿Cómo se es silencio? Sumergiéndose en Dios. Sumergirse en Dios nos es poner la cara seria, sino rebosar de alegría y de caridad.
Allí dentro encontramos a nuestros superiores y a nuestras hermanas (no fuera) y allí son un mismo objeto con Dios nuestro Señor y por tanto es natural que obedezcamos y amemos y suframos todo lo que Dios dispusiere. Y allí mismo, en Dios, encontramos a Nuestra Santísima Madre y nos vemos obligados a saltar de alegría siendo Ella tan buena y amándonos tantísimo también dentro de Dios.
Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 252-253

sábado, 14 de enero de 2012

Sólo la humildad nos asegura el auxilio de Dios



Sólo la humildad nos asegura el auxilio de Dios, solamente con ella estamos seguros.

Estemos convencidos: nuestra miseria es nuestra suerte. Si tuviésemos dentro de nosotros fuerzas suficientes, Dios nuestro Señor nos haría caminar por nuestros pies, pero como no podemos, El nos ha de dar la mano.

Cuentan de un niño a quien su padre le preguntó: ¿Qué querrías ser, tú? Y él contestó: Ser niño. Ciertamente cualquier carrera o condición de vida le sería menos agradable que la de depender de sus padre… Y tratándose de Dios nuestro Señor es algo verdaderamente de mucho valor.

El responsorio VII del I Domingo de Cuaresma dice: “Me acongojaría si no supiese tus misericordias”. Este si es lo que nos salva. Dios nuestro Señor nos podría devolver la plena salud espiritual, pero ha preferido darnos la convalecencia, para que no podamos nunca deshacernos de su mano.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., in “Fragmentos Doctrinales”, p. 70-71

viernes, 6 de enero de 2012

La Epifanía del Señor



Epifanía, es decir, manifestación. Manifestación de Dios hecho hombre.

Celebración del misterio que San Juan anunció con aquellas solemnes palabras: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jo. 1, 14).

En la fiesta de la Epifanía conmemoramos el mismo misterio que en la fiesta de Navidad, pero bajo un aspecto más elevado y más teológico.

Navidad ha tomado como tema predominante la narración de San Lucas, es decir, el nacimiento de Jesús en la Cueva de Belén con aquel conjunto de circunstancias exteriores, que tanto nos conmueven y aleccionan. Epifanía tiene como tema el misterio mismo de la Encarnación.

Los occidentales, poco propensos a la contemplación, hemos dado la preferencia a la Navidad, porque nos presenta objetos concretos y sensibles. Aún la fiesta de la Epifanía la hemos transformado en la conmemoración de los primeros episodios en que Jesús se dio a conocer como Dios: la adoración de los Magos, la manifestación de la sabiduría divina en el Templo, cuando Jesús contaba doce años, el bautismo y la conversión del agua en vino en las bodas de Caná.

Sin embargo, los textos litúrgicos de las más venerables e inmutables partes de la Misa del día impiden que se eche en olvido el significado básico de esta fiesta. El prefacio, por ejemplo, glorifica al Padre celestial “Porque su Unigénito, al aparecer en la sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la misma luz de su inmortalidad”. Y en el Canon, cuando se prepara la Consagración, el sacerdote se dirige al Eterno Padre celebrando el día sacrosanto en que su Hijo Unigénito, coeterno con El en su gloria, apareció visiblemente en la verdade de nuestra carne.

La Encarnación es ambas cosas: anonadamiento y glorificación del Verbo. Es anonadamiento porque el Hijo, igual al Padre, aparece en la forma de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Pero también es glorificación, porque, a pesar de todo, a través de la humanidad anonadada se vislumbra cual potente foco la virtud divina. Se vislumbra también en la santidad inmaculada, en la sabiduría sin limites, en el omnímodo poder taumatúrgico. Todo esto eran fulgores de luz divina que irradiaban en la Carne de Cristo, que se había hecho igual a nosotros en todo, menos en el pecado.

Litúrgicamente, la fiesta de la Epifanía es solemnísima, en cierto sentido superior a Navidad. Esto nos indica cuán importante sea profundizar en estos sublimes misterios, quinta esencia de nuestra sagrada vocación. De hecho, para recristianizar el mundo no nos faltan obras, nos falta más contemplación.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Charlas a las Contemplativas”, p. 108-109

domingo, 1 de enero de 2012

María y la adoración a Dios


La voluntad de adoración es fruto normalmente de un profundo conocimiento de la infinita grandeza de Dios y de nuestra absoluta dependencia de El.

Sin embargo, la grandeza de Dios, que comprende por una parte su condición de Creador y por otra la trascendencia de sus perfecciones, no la captamos directamente en Dios mismo; la captamos sí a través de sus obras, es decir, en las criaturas que nos envuelven.

Estas criaturas nos envuelven por doquier con la misión precisa de manifestar las excelencias de su Autor. Por esto la Sagrada Escritura no nos exhorta a cerrar los ojos, ni aislarnos del universo, sino a contemplar las bellezas de la creación y así servirnos de ellas como plataforma para subir hasta Dios. (…)

Hay todavía algo que incrementa inmensamente la virtud de las obras divinas que mueven a la adoración, y es que estas obras no sólo son huellas de las divinas perfecciones, sino y sobre todo dones de la divina Bondad en favor nuestro.

En efecto, las maravillas del universo están destinadas a nuestro servicio. Cuando las contemplamos nos damos cuenta de cuanto Dios nos ama, y sentirse amado es el mayor incentivo a la correspondencia. (…)

En este orden de cosas aparece claro porque la devoción a María es una ayuda a la adoración de Dios. María es la criatura en la que cual mejor resplandece la grandeza de Dios. Es también el máximo don de la divina Bondad.

Por otra parte, Ella no significa peligro alguno que pueda alejarnos de Dios, pues a El está unida indisolublemente. María ocupa, por lo tanto el primer lugar entre los medios que el Señor nos ha deparado para afianzar aquellos sentimientos internos propios de la adoración.

Sin duda, María es la criatura en quien mayormente resplandece la grandeza de Dios. Nadie osará negar que Ella es la más excelsa de todas las criaturas, después que el ángel Gabriel la saludó como “la Bendita entre todas las mujeres” (Lc. 1,28).

La divina magnificencia más resplandece en la pureza inmaculada de María que en la luminosidad solar. No son las bellezas materiales sino las espirituales las verdaderas imágenes de las perfecciones del Espíritu purísimo.

Así lo comprendió Santa María Magdalena de Pazzis cuando dijo que María no es suficientemente alabada al compararse con las mayores excelencias creadas – como se hace en el Cantar de los Cantares – sino que convendría tomar las divinas perfecciones como punto de comparación (Los cuarentas días, el día 15 de Agosto).

De semejante manera, María es el don más precioso de la divina Bondad. ¿Hay entre las criaturas don mayor que el del amor de madre? Pues bien, al darnos a María, Dios ha hecho que el amor de la Madre de Dios fuese también el amor de nuestra Madre.

María no constituye ningún peligro que pueda alejarnos de Dios. Por lo mismo se ofrece a nuestra devoción precisamente en calidad de Madre de Dios. Nada hay en Ella que nos mantenga a distancia de Dios. Permaneciendo Ella encerrada en Dios, cuando alcanzamos a María alcanzamos también plenamente a Dios.

A todo esto hay que añadir que Ella nos da el más dechado ejemplo de adoración. Por su dignidad de Madre está totalmente unida a Dios. Y ciertamente como digna Madre de Dios en virtud de sus disposiciones subjetivas. Su vida, no menos que su personalidad, fue totalmente consagrada a Dios, como una reversión total a Dios. Con el ejemplo de la Virgen no podemos menos que aprender la verdadera adoración.

Así queda verdaderamente asentada la verdad inicial: la fervorosa devoción a María, lejos de ser un obstáculo para llegar a Dios, es una formidable ayuda, de tal manera que por Ella nuestra dirección hacia Dios consigue el carácter de verdadera adoración.

No debemos ir a Dios por el camino del aflojamiento de la devoción mariana, sino cultivándola con el máximo de intensidad. Lo que debe procurarse en nuestra devoción a la Virgen es verla siempre unida a Dios, según compete a su dignidad. (…)

Se confirma, pues, que en el culto a María lo que importa no es atenuar su intensidad, sino estar atentos en considerar siempre a María en su estrecha unión con Dios. (…)

Nada debemos temer al dirigir a María aquella plenitud de afectos que hemos aprendido en nuestra Orden Carmelita. Estamos convencidos de que el día de máximo fervor mariano será también el día  de la total inmersión en Dios, conforme al espíritu carmelitano. Sólo conviene acostumbrarse a mirar siempre a María en su incomparable unión con su Hijo, el Hijo de Dios.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Charlas a las Contemplativas”, p. 19-23

sábado, 31 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta VI


Como conclusión de todo, quisiera ofrecer una reflexión final junto con un ruego.

El Papa Benedicto XVI en el discurso durante la inauguración del curso académico en la Universidad Católica del Sagrado Corazón (25 noviembre 2005), decía: “Si toda universidad tiene como misión fundamental la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y la comunicación del saber para el bien de la sociedad, una comunidad académica católica se distingue por la inspiración cristiana de las personas y de la comunidad misma, por la luz de la fe que ilumina la reflexión, por la fidelidad al mensaje cristiano tal como lo presenta la Iglesia y por el compromiso institucional al servicio del pueblo de Dios. Por eso, la Universidad Católica es un gran laboratorio en el que, según las diversas disciplinas, se elaboran itinerarios siempre nuevos de investigación en una confrontación estimulante entre fe y razón, orientada a recuperar la síntesis armoniosa lograda por santo Tomás de Aquino y por los otros grandes del pensamiento cristiano, una síntesis contestada, lamentablemente, por importantes corrientes de la filosofía moderna” (cf. Ex Corde Ecclesiae).

Repasando la vida del P. Xiberta he creído entender que él vivió la teología que enseñaba. Es decir, lo que se “cocía” en las clases que daba en la Universidad Gregoriana, en la Regina Mundi, y en otros lugares de investigación, lo acercaba a la vida diaria. Soy testigo que lo acercaba también pastoralmente a nuestras comunidades de monjas, lo desmenuzaba en la enseñanza de la vida consagrada y fraterna en nuestros monasterios. El P. Xiberta supo unir, como en un diábolo, la investigación de laboratorio de la universidad con las necesidades pastorales concretas de la Orden y de las provincias y comunidades, lo que pedíamos y necesitábamos en aquel momento concreto de la historia. El Padre Xiberta era un pastoralista.

Actualmente se busca anunciar el mensaje cristiano con un lenguaje adecuado, y se habla de recuperar una teología mística narrativa, frente a la teología de la argumentación. Una vez más, el P. Xiberta se adelantó a su tiempo. Mejor dicho, como se dejaba llevar por el Espíritu Santo, éste le abrió a una teología siempre actual. Y es así. Mi experiencia me ha enseñado que las monjas más unidas al Señor son las más abiertas en momentos de cambio, hacen gala de una clarividencia dada por el Espíritu Santo y en ningún momento tienen miras estrechas o timoratas. Quizás ustedes pueden compartir también esta experiencia habida entre los frailes y monjas de sus comunidades, entre los laicos, incluso con sus familiares. Pero esto sí, ante el atractivo de la moda o de las novedades del mundo, el P. Xiberta tenía también muy claro que la fidelidad a Cristo plantea unos límites y que el principio que afirmó Jesús de estar en el mundo sin ser del mundo  es fundamental, y posiblemente en nuestros días más difícil de aplicar.

Ahora el ruego. A los frailes, monjas, religiosas, laicos Carmelitas, a todos los estudiosos de la Orden y de la Región Ibérica, les pediría que la investigación de laboratorio que están haciendo sirva para dar las respuestas que en este momento necesitan nuestras provincias, comunidades, y nuestro mundo en general. Vamos un poco a ciegas, pues bien, de la reflexión teológica, eclesiológica, pastoral, escriturística, etc., debería surgir la palabra que nos dé luz en medio de este mundo que reclama una nueva evangelización, unos ánimos renovados para vivir nuestro carisma y transmitirlo. Recogiendo el símil del diábolo veamos cómo se actúa en el mundo de los negocios: En una parte del mismo se halla lo que estudia e investiga la Universidad, digamos nuestros estudiosos, de la otra parte, lo que las escuelas de Profesionales recogen de los estudios de la Universidad, que siempre son ideas abstractas, y les dan forma para aplicarlas a la práctica de las empresas, en medio se unen y dan origen a las ideas concretizadas, a los retos materializados, resueltos según las demandas y a partir de las investigaciones. En Barcelona, existen varias escuelas de Profesionales: ESADE (de los Jesuitas), IESE (del Opus Dei), EADA, Fundación privada que cuenta entre 4000 y 5000 alumnos anuales matriculados.

¿Podemos esperar algo parecido de las investigaciones de laboratorio de nuestros estudiosos en la Orden y de los profesionales de la vida carmelita? ¿Saldrá una nueva escuela que hará luz para afrontar los retos de evangelización que necesitamos?

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

viernes, 30 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta V



La dedicación del P. Xiberta a las monjas

Todas las que lo conocimos podemos dar testimonio de que el P. Xiberta amaba a las monjas, hasta en los más pequeños detalles, y sufría cuando veía algún fraile que no se preocupaba de ellas. Todas constatamos también, yo la primera, que hemos recibido mucho de él, supo dejarnos un poso de espiritualidad bien fundamentado en la Teología y la Escritura, y lo hizo a través de cartas, de consejos, de ejercicios espirituales, etc. Ahora podemos preguntarnos: ¿Y el P. Xiberta recibió algo de las monjas? Mi respuesta es que de una monja recibió mucho, esta monja es santa María Magdalena de Pazzis. Nos había dicho que le gustaba leer lo que de ella habían escrito porque nunca encontró nada que fuera contrario a la fe y la teología. Las citas de Sta. M. Magdalena, también en los ejercicios espirituales que estoy comentando, fueron frecuentes en él.

Después de Sta. María Magdalena de Pazzis, quizás haya habido otras monjas que influyeron en su vida espiritual. En su conjunto, todas las monjas, en general, tuvimos una influencia en el amor del P. Xiberta por la vida de soledad, silencio y oración, también litúrgica, de nuestros Monasterios, por la vida que él llamaba de nuestros primeros Padres del Monte Carmelo. El Señor sabe si, actualmente, se mantiene. Quizás tendremos que escuchar de nuevo su voz en aquellos ejercicios cuando nos decía: “Veneradas hermanas, ahora el Concilio Vaticano II nos trae una preparación para nuevos cambios, y no sabemos cómo serán. Hemos de tomar por norma la responsabilidad de que nuestra actuación se oriente hacia costumbres que favorezcan el ideal inmutable del evangelio. Toda costumbre que favorezca la alabanza de gloria será aceptada i esta renovación no se rechazará bajo el pretexto de que antes no se hacía. Preguntémonos siempre: Este cambio ¿aumentará la presencia de Dios? ¿Mantendrá los puntos del evangelio que nuestros Padres han puesto como norma de nuestra vida? Ntra. Stma. Madre, que lleva siempre la dirección de nuestra Orden, guíe nuestros pasos y a cada uno de nosotros”.

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta IV




Dios desea a la persona

El amor que el P. Xiberta tenía a Jesús, el Verbo encarnado, y a nuestra Madre, le hacía preguntarnos: “¿Qué es más importante que amar a Jesús y María?” Y la respuesta era: “Dejarse amar por ellos”. Él había entendido perfectamente y vivía la realidad de que Dios en Cristo ama a sus criaturas, tiene sed de amarlas y sed de nuestro amor. Recordemos la frase del P. Xiberta: “hemos sido predestinados a ser conformes a la imagen de Jesús”, recordatorio que hacía en cada meditación.

Ahora se habla mucho del pathos divino, es decir, del hecho de la participación de Dios en la situación difícil del hombre, de la persona humana, del compromiso de Dios en la historia. El pathos afecta a Dios, no sólo en el conocer sino también en el sentir de Dios. Para Dios yo soy alguien que tiene un valor ante él. Nadie se ha tomado tan en serio al hombre como Dios, porque la persona humana no es sólo la imagen de Dios, es la preocupación, el desvelo perpetuo de Dios. Con todo, hemos de precisar que la noción de pathos divino no puede identificarse con la esencia de Dios, porque no es algo absoluto sino una forma de relación. San Gregorio de Nisa dice que las palabras y los conceptos crean los ídolos de Dios, por eso hemos de entender bien lo que decimos y fundamentarlo en la Escritura y  en los Padres de la Iglesia.

Aunque no es muy común que Dios manifieste sus sentimientos, en algunos lugares, como en el cap. 11 del profeta Oseas, Dios nos deja leer en su corazón, nos manifiesta el incoercible deseo que tiene de hacer, sea como sea, alianza con la humanidad caída. Pero Dios no podía expresar todo su deseo en el A.T. porque no era hombre . En la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo eterno del Padre, Dios y hombre, se nos expresa definitivamente este Amor, este Deseo que llama a todo hombre. En la teología del P. Xiberta, afincada en la lectura de los Padres –y en este apartado del deseo de Dios, san Agustín, san Bernardo, santo Tomás, entre otros, son hombres de deseo y así lo manifiestan en sus escritos-  en esta teología, el P. Xiberta nos quiso expresar que Dios, en Jesucristo, vive del deseo del hombre, y el deseo que tiene el hombre de Dios es respuesta al deseo que Dios tiene del hombre. Jesús en la Cruz lanza el grito: “Tengo sed”, sed de que la persona, el ser humano, tenga sed de él.

En los ejercicios espirituales, el P. Xiberta se esforzaba en hacernos experimentar el gran amor que Dios nos tiene, no sólo al crearnos, sino sobre todo y de manera especial durante su vida terrena y su Pasión y muerte de cruz. Nos decía: que Jesús había deseado ardientemente este momento supremo de su vida. Y repasaba los evangelios para que viésemos cómo, a medida que se acercaba “su hora”, se intensificaba el recuerdo de su pasión y muerte y aceptaba los sufrimientos que le sobrevendrían. Copiamos sus palabras: “Cuando un objeto, algo, produce dolor, este dolor afecta al corazón, en Jesús no era preocupación externa sino sentimiento de amor. A nosotros nos miraba como el objeto de su pasión, como los causantes. Si su Corazón amabilísimo hubiera sido capaz de rechazarnos, lo hubiera hecho, pero para Jesús la pasión y muerte era la finalidad de su vida, la finalidad de su unión hipostática con  el Verbo”.

“Seguramente que el conocer y profundizar los sentimientos interiores del Corazón de Jesús será objeto de nuestra contemplación y nuestro gozo accidental en el cielo”. Esta frase del P. Xiberta concuerda perfectamente con la coronación del deseo que expresa santo Tomás: “En esta felicidad, consecutiva a la visión divina, todo deseo humano queda saciado, según la palabra del salmo: ‘Colma tus deseos con sus bienes’, y todo esfuerzo humano encuentra ahí su coronación” . O sea, el deseo de Dios continuará en el cielo, porque Dios seguirá deseando a la persona y la persona a Dios. Como siempre, al final de cada meditación, el P. Xiberta hace una referencia a María: “Ntra. Stma. Madre que debía ser la confidente, la testigo de las manifestaciones externas de los pensamientos internos de su Hijo, nos ayude a conocer estos mismos sentimientos”.

Acabo este apartado como lo he empezado. Dios desea a la persona, y más importante que amar a Jesús y María es dejarse amar por ellos, porque lo más esencial es sabernos amados por Dios. Podemos decir que la primera “conversión” es la de Dios hacia nosotros, la segunda “conversión” es girarnos hacia él. Dice san Agustín: “El hombre no tiene en él de qué amar a Dios, si no lo recibe de Dios. Por eso Juan dice: ‘Cuanto a nosotros, amamos a Dios porque Dios nos ha amado el primero’ (1 Jn 4,19). Y también dice el Apóstol Pablo: ‘La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” . En un siglo como el pasado en el que el sentimiento de reparación ocupaba un lugar importante en la literatura espiritual, el Padre Xiberta, vuelvo a repetir, hecho a leer los Padres de la Iglesia, supo transmitirnos que la gratuidad es la esencia de toda vida cristiana y religiosa. Para él, como para la teología primitiva, el amor, la caridad, no es un atributo de Dios sino su nombre propio, porque Dios es Amor.

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

domingo, 25 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta III


El misterio de la Salvación

En la teología dogmática, no basta exponer la obra salvadora y el ser mismo de Cristo, sino que es teológicamente necesario contemplar también esta obra de la salvación desde la Trinidad, entenderla en cuanto acción del Padre en Cristo por el Espíritu. Escuchemos al P. Xiberta: “Dios perfectísimo, necesariamente es conocimiento y amor y, por poco que nos fijemos, el conocimiento es producción, de manera que una vez conocida una cosa ya no necesitamos ir al exterior para conocerla de nuevo, sino que volvemos a lo que es fruto de nuestro conocimiento anterior. En Dios se verifica aquel misterio infinito de la Stma. Trinidad, en el que Dios Padre es verdaderamente Padre porque el conocimiento de Dios es conocimiento íntegro de sí mismo y es producción de un Hijo. Esta verdad la sabemos doctrinalmente y conviene reforzarla en nuestro interior. Dios Padre, con su conocimiento, produce un Dios Hijo el cual es imagen sustancial y perfectísima del Padre, el cual es el Verbo del Padre. Y el Espíritu Santo es igual al Padre y al Hijo, es producción del Padre y del Hijo como corriente de amor del Padre y del Hijo, pero una corriente personal, que es persona como el Padre y el Hijo. Conociendo esta verdad, vemos descifrada esta otra: cuando decimos que Dios nos conoció y nos amó, se ha de entender a través de su Hijo. Lo que Dios ama y amándolo nos ama, lo que Dios conoce y conociéndolo nos conoce, es el Hijo, al que ama exclusivamente. Fijémonos en esto: exclusivamente… Pero un día, desgraciadamente, el hombre deformó esta imagen del Hijo, de tal manera que Dios ya no nos podía amar porque éramos objeto de abominación, ya no podíamos servir para darle gloria… La restauración de la imagen de su Hijo en nosotros resultaba sumamente difícil pero la infinita bondad de Dios no se volvió atrás y así decretó el misterio de la Encarnación. De esta forma, Jesucristo se encontraba en la condición de ejecutar por sí mismo obras semejantes a las nuestras; las obras de la humanidad de Jesucristo resultan el modelo incomparable de nuestras obras, de manera que imitar las obras humanas de Jesucristo es precisamente hacernos semejantes al Padre. Son dos misterios inefables de nuestra religión, sin  los cuales no tendría nada de cristianismo.”

Y prosigue el P. Xiberta: “A veces decimos que quisiéramos ser santos, mejor diríamos que desearíamos imitar a Jesucristo, no para nuestra bienaventuranza en el cielo sino para que Jesucristo sea revelado en nosotros. Y en esto radica la fuerza del apostolado que tiene el cristianismo… y si nosotros no tenemos un apostolado más eficaz seguramente es porque no reflejamos suficientemente la imagen de Jesucristo porque éste es nuestro primer apostolado. Que Ntra. Stma Madre nos enseñe  esta gran misión, la de representar a Jesucristo, ella que la realizó por primera vez y nos dio la imagen como en un espejo, nos conceda la gracia de imitarla también a Ella y ser espejos de Jesucristo”.

El “leitmotiv” que el P. Xiberta nos iba repitiendo a lo largo de todos los ejercicios era éste: “Dios nos ha predestinado para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. La Encarnación del Hijo de Dios y la gracia, es decir, el doble punto de partida de la Trinidad divina, el inmanente y el histórico, pueden considerarse las dos formas como Dios se comunica a sí mismo, ambas se fundan en la única y libre decisión divina de entregarse a la criatura.

Pero el P. Xiberta nos habló más para ahondar en la comprensión de la historia de la redención, y lo hizo de la mano de san Pablo con una cita de Fil, 2,5ss: “Jesucristo que era de condición divina, no tuvo como una rapiña…se anonadó, -es decir, se vació, éste es el sentido de la palabra anonadar- tomando forma de esclavo y haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz”. “Veneradas hermanas, recuerden que la humillación comporta no aferrarse a las alabanzas, a las alturas, sino rebajarse a una condición inferior”. Y para comprender mejor lo que significan estas palabras de san Pablo, el P. Xiberta nos contaba una historia: “Supongamos que en una familia real hay un ministro, con todas las dignidades que un día, para desgracia suya, obró mal y fue echado fuera de su dignidad y reducido a un estado de suma miseria que se extendía también a toda su familia. En esta situación de miseria, ya no recuperó su dignidad de ministro del rey, y así su miseria material y moral iba en aumento. El hijo del rey, por el amor que le tenía, se propuso restablecerlo y escondiendo que era hijo del rey, abdicando de su dignidad, entró en la misma condición de miseria material y moral de aquella familia, pero su presencia les iba comunicando dignidad, poco a poco se fueron rehabilitando hasta que el hijo del rey pudo volver a llevar a aquella familia con él al palacio real... Veneradas hermanas, aquella humillación tan grande de Jesús, comenzada en la Encarnación, continuó toda su vida, de Belén a la Cruz. Hay actos de caridad que no rebajan a quienes los practican, pero hay otros de humildad que rebajan cuando se depone la propia condición y se asume otra inferior”.

 Y acaba el P. Xiberta con un toque de atención: “En la Iglesia de Dios se considera que el entrar en religión es una humillación como la de los antiguos penitentes, por eso no hay dignidades entre los religiosos, ni título honorífico alguno, los cristianos quieren ver reflejado en los religiosos este aspecto de humildad de la Encarnación del Hijo de Dios”.

 Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

viernes, 23 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta II


La existencia de Dios

En los citados ejercicios espirituales del año 1963, al hablar de nuestra total dependencia de Dios, el P. Xiberta la ponía en relación con la creación. Él nos decía: “Hagamos un esfuerzo para imaginar el primer instante de la creación, cuando las primeras criaturas fueron creadas, en el mundo no había nada, nada y nada. Nosotros no estábamos, tampoco el sol ni la luna, nada, ni tampoco el derecho a existir. De nuestra parte no había nada, de parte de Dios había él mismo, Dios infinito en su esencia, perfectamente bueno. Hagan esfuerzos por decirlo, por pensar: nada, nada”.

Es dificilísimo imaginar la nada. Mejor dicho, la nada no se puede imaginar, porque si no, sería algo, ya no sería nada. Ahora me pongo a pensar: en el principio no había nada, sólo había la nada, y este pensamiento es falso porque ya estoy pensando en algo, ya le doy forma a la nada. La reflexión filosófica sería pensar: si no había nada y luego hubo, esto quiere decir que hay un ser que no ha comenzado nunca, el ser que está en la base de la inteligencia. Nosotros somos capaces de conocer el ser, de pronunciar el verbo ser. Esto es una mesa, aquello es una silla, yo soy una persona… El ser se autoimpone a la naturaleza humana y nos lleva a intuir que el ser es eterno, que ha comenzado y antes no era. Entonces, esto quiere decir que hay un SER que no ha comenzado nunca, que no tiene ninguna causa. Ninguno de nosotros somos el ser pero no podemos dejar de pensar en el SER y nuestro pensamiento  no tiene otra salida que ir a la raíz, a la revelación de Dios mismo cuando dice a Moisés: YO SOY EL QUE ES[1] Y Jesús en el evangelio: “Soy yo”[2]. Es decir, sí que podemos imaginar que de parte de Dios había él mismo.

El P. Xiberta, en los ejercicios, nos quería hacer ver esta verdad, y que Dios es el autor de todo, de toda vida, y concretamente, el Dios personal y salvífico que se ha revelado como puro amor y como iniciativa. Me quedó muy grabado lo que nos decía: “Si de nuestra parte no había ningún título que demandase ser creados, de parte de Dios sí que había un título, él es la infinita esencia, la infinita perfección. Dios, por su propia substancia conocía esta perfección y conociéndola, se amaba. Sí, Dios se amaba porque la esencia de Dios es el amor. Y Dios quiso que su esencia fuese participada de sus criaturas. Dios, viéndose a sí mismo, amándose a sí mismo, vio que podía hacer participar a la criatura del amor que se tenía a sí mismo. Ésta es la gran realidad que da sentido a todas las cosas: las criaturas por sí mismas no son nada, pero son participación de la esencia divina, nada más ni nada menos, y Dios amándose a sí mismo, ama su esencia amándonos a todos nosotros. Sin esta participación de la esencia divina que somos nosotros, Dios no hubiera creado el mundo. Por eso hemos de afirmar que Dios no ama ni puede amar nada que no sea participación de su divina esencia. Santa Mª Magdalena de Pazzis tiene una frase que corrobora estas palabras: ‘Dios se ama por lo que es en sí mismo, pero también se ama por lo que es en nosotros’. Antes lo había dicho Jeremías: “In caritate perpetua dilexit te Deus”[3]. Hasta aquí el P. Xiberta.

El Concilio Vaticano II, un tiempo después, afirmó que toda realidad brota de la pura iniciativa del amor divino. La creación entera alcanza en la persona humana la cumbre de su sentido, la persona reúne el cosmos en sí misma, se supera a sí misma en libertad y responde así a la palabra creadora con toda la fuerza de su yo y de su mundo. Cuanto más la persona se realiza libremente a sí misma, tanto más es espejo donde se refleja la gloria del Creador. Así la existencia humana se identifica con la gloria de Dios. Dice el P. Xiberta en sus ejercicios que Dios crea un mundo que “deviene”, que se está haciendo continuamente, y prosigue: “Dios no ha creado las cosas según un querer uniforme, sino que cada una es un ejemplar determinado, siempre revelación de Dios. San Pablo dice que Dios lo había destinado para revelar en él a su Hijo, y esta vocación es universal. Las criaturas irracionales han recibido el encargo de revelar las perfecciones divinas. Así, p.e., el sol nos trae luz y calor y nos revela la magnificencia de Dios, si no lo hiciera, sería una criatura inútil y perjudicial, y así todas las otras criaturas. A las criaturas racionales nos toca dar gloria y alabar a Dios por las perfecciones que nosotros  mismos referimos a Dios. San Pablo nos expresa bien el fin de nuestra existencia cuando escribe que somos alabanza de gloria para el Señor[4]. Y otra verdad que la teología nos enseña es que Dios quiere que todas las cosas sean para nuestro bien positivo”. Acaba esta reflexión, como todas las demás de los ejercicios, con una mirada a María: “Nuestra Stma. Madre, con respecto a Dios, está en igualdad de condiciones que nosotros: Fue creada para manifestar las perfecciones divinas. También ella era una llamarada del Corazón de Dios desde toda la eternidad, y esta igualdad de origen y de condición con relación a Dios, da ocasión a coloquios muy eficaces con Ntra. Stma. Madre. Recordemos sus palabras ‘Soy la esclava del Señor, que se haga en mí según tu Palabra… Ha hecho maravillas en mí el que es poderoso”. Hasta aquí las palabras del P. Xiberta. Concluyo con una frase de Gaudium Spes, la Constitución Pastoral que afirma que Cristo se ha unido a cada hombre: “El hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad… y ha recibido también la misión de orientar hacia Dios, reconociéndolo como creador de todo, la propia persona y el conjunto del universo, de tal manera que, sometidas todas las cosas al hombre, el nombre de Dios sea glorificado en toda la tierra”[5].

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

[1] Ex 3,14
[2] Jn 18,6
[3] Jer 31,3
[4] Ef 1,6
[5] GS 34

sábado, 10 de diciembre de 2011

La teología de Bartolomé Xiberta I


El mejor don de Bartolomé Xiberta: su amor a Dios, a Jesucristo y a María, ofrecido a las monjas

Conocí al P. Bartolomé Xiberta en el verano de 1963. Vino a la comunidad de Barcelona a darnos los ejercicios espirituales anuales, y en aquel momento servidora era novicia. Lo que más me ha unido a la doctrina del P. Xiberta fue la siguiente experiencia: En nuestra comunidad no teníamos magnetófono y las hermanas deseaban poder tener los ejercicios del P. Xiberta porque presentían que no iba a haber otra posibilidad posterior - había venido un poco enfermo de su viaje a Kenya, y con una afonía persistente -, y me pidieron que los cogiera en taquigrafía y los pasase a máquina. Fue una tarea ardua, él hablaba en catalán y mi taquigrafía era para castellano, además muchos términos eran bastante desconocidos para mí. Hice lo que pude. Pero el tener que escribirlos y repasarlos, me hizo un bien inmenso, su doctrina me quedó muy adentro.

Por eso, me van a permitir que mi visión de la doctrina del P. Xiberta la centre en los ejercicios espirituales que dio a las monjas de Barcelona. Siguió el método ignaciano, con tres meditaciones diarias y una plática, en las que la primera parte es un tratado sobre Dios y la segunda sobre Jesucristo, el Verbo encarnado, ambas impregnadas de la vida espiritual impulsada por el Espíritu Santo, y, cómo no, finalizaba cada meditación con una reflexión mariana. Tuvo también tiempo para darnos una charla diaria sobre la observancia, los votos, la vida fraterna, el Carmelo, etc.

Después del Vaticano II, alguien dijo que si la persona no poseía unos conocimientos teológicos ordenados y sistemáticos sobre el misterio de Dios, del hombre, de la salvación, no iba a poder colocar ordenadamente en los “cajones” del conocimiento el vuelco que ofreció el Concilio Vaticano II de la teología escolástica a la pastoral. La teología del Vaticano II no se mueve ya en una Iglesia en la que en lo profano y en lo social quiera ser un grupo cerrado. La reflexión de la fe se hace ahora en una Iglesia que está en diálogo abierto que da origen a un pluralismo teológico y también filosófico. Dice UR nº 11 que las muchas afirmaciones particulares de la fe eclesiástica se expresarán en un lenguaje que haga comprensible el núcleo sencillo y originario de la fe cristiana.

Este preámbulo es para decir que siempre he creído que la teología del P. Xiberta no se ha hecho antigua ni pasará, porque remite a conclusiones siempre actuales. En su reflexión estaba presente la relación entre el horizonte de la inteligencia y la experiencia concreta: El conocimiento teológico que tenía el P.  Xiberta lo aplicaba a los hechos históricos, a la situación social, espiritual, etc. Sus afirmaciones teológicas que naturalmente deberían estar condicionadas por el horizonte histórico, es decir, por la inteligencia de una época, fueron y son siempre actuales en cuanto a la doctrina. Los principios que usaba no son cambiantes y además, se adelantó con mucho a su época. Ésta es la tesis de mi ponencia que voy a probar con algunas reflexiones del mismo P. Xiberta.

Madre María Pilar Simón, O. Carm., Ponencia en el Encuentro de la Familia Carmelita 2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

La Sagrada Escritura, un gran tesoro


Con respecto a la estima que debemos a la Sagrada Escritura nunca podremos exagerar. Ella contiene la Palabra de Dios revelada por el Espíritu Santo y El es el autor principal, mientras que los que la escribieron eran solamente instrumentos. La Sagrada Escritura fue dada a la Iglesia como un gran tesoro, y de él principalmente toma su doctrina.

Los protestantes acusan a los católicos de no dar a la Escritura la importancia que merece. Nosotros debemos procurar que tal acusación sea falsa.

La Biblia hay que usarla debidamente. Ante todo, con la máxima reverencia. San Francisco de Sales la leía siempre de rodillas. En segundo lugar, hay que leerla con espíritu de fidelidad al magisterio de la Iglesia. El error capital de los protestantes fue tomar la Biblia al margen de la Iglesia. Y, sin embargo, el tesoro de la Sagrada Escritura lo confió a la Iglesia, y la Iglesia lo interpreta y nos lo da a nosotros. Es, pues, en comunión con la Iglesia como debemos esforzarnos por recoger los tesoros de la Escritura.

En tercero lugar, la Biblia no hay que leerla con curiosidad, como para ampliar los propios conocimientos, sino como queriendo descubrir en ella la fuente misma de las doctrinas que debemos creer y deben ser la guía de nuestra vida cristiana. El conocimiento de la doctrina es un presupuesto para el recto ejercicio de la  fe, pero este conocimiento, como tal, no constituye formalmente la perfección cristiana. (…)

La invitación a la lectura de la Sagrada Escritura no se hace principalmente con vistas a una mayor ciencia. Sin embargo, supuesta la necesidad de una doctrina apta para orientarse en la vida espiritual, esta doctrina es infinitamente más bella en los libros inspirados por Dios, que en todos los volúmenes de los hombres.

Así pues, si quiere contemplar los misterios inefables da las Divinas Personas y del Verbo Encarnado, le será de muchísima más eficacia la lectura de las divinas Escrituras, que todas las explicaciones de los libros escritos por los hombres. Así también no existe mejor medio para sentir toda la fuerza del espíritu cristiano, que el leer y escuchar los sermones del mismo Jesús, consignados en el Evangelio.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 97-98

sábado, 26 de noviembre de 2011

Estar con Jesús, esto sólo basta



Lo que me cuenta es estar con El: esto sólo basta. Especialmente en la meditación, creo que el mayor esfuerzo no debe ser el de combinar bien los pensamientos, sino el de fijar la mirada en Jesús. Una vez una novicia hacia esta reflexión: ¿Por qué no dejar la meditación para otro rato a fin de que podamos dedicar toda la hora de la oración a estar con Jesús?... Creo que tenía razón.

La cosa verdaderamente importante es darnos cuente de que Jesús está allí. Ciertamente está allí, a nuestro lado, como Dios que ocupa todo lugar; en su Humanidad está también allí, a poca distancia, en el Santísimo Sacramento. Y nosotros tenemos la suerte de estar con El sin que otra ocupación nos estorbe. Salga de El la iniciativa de hablar o de callar. (…)

¿Sabe por qué Jesús y María aman tanto a V. C., como también a mí? Porque tienen tesoros infinitos de  misericordia y buscan almas necesitadas de ella, donde poder ejercerla. Esto debe animarnos, porque el hecho de ser nosotros tan miserables (si somos humildes) no cerrará nunca la fuente de la misericordia sino que la hará manar más abundantemente.

¡Un año en el Carmelo! Piense si puede contar las gracias recibidas, y si estas gracias son menores por el hecho de que el Señor se ha complacido en llevarla ordinariamente por el camino de la aridez. El mismo día de la Purificación de María cumplí treinta y ocho años de Profesión Solemne; he cumplido ya cuarenta y ocho años de vida en el Carmelo. Ayúdeme, por favor, a pedir perdón por tantas infidelidades, y a dar gracias por tanta misericordia.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 436-438

sábado, 19 de noviembre de 2011

La Eucaristía, unión real con Jesús


El gran problema de la vida sobrenatural se cifra en asegurar nuestra unión real con Jesús. El Señor no quiso que esta unión se realizase sólo de un modo ideal, a base de pensar en su vida, pasión y muerte, o mediante la contemplación de su misión salvífica y santificadora, sino que ha querido que se realizase también real y sustancialmente. Y a este fin fue instituido el Santísimo Sacramento.

En la Eucaristía, el mismo Jesucristo que ahora está en el cielo, con la realidad substancial de su Cuerpo y Sangre, se pone en contacto con nosotros. Un contacto no sólo de verdadera presencia, como cuando lo adoramos en el  Tabernáculo, sino también haciéndose nuestro alimento.

Mediante el Santísimo Sacramento nosotros somos real y substancialmente una misma cosa con Jesús. Nos es una simple metáfora que Cristo sea la vid y nosotros los sarmientos, El la cabeza y nosotros los miembros. Nos convertimos en una derivación y prolongación de Jesús en la medida en que somos fieles a la gracia.

Ni siquiera durante toda la eternidad seremos capaces de comprender adecuadamente las maravillas de la Eucaristía. Recuerde aquella sentencia de san Agustín: El Alimento Eucarístico no se convierte en nuestra sustancia, sino, al revés, nos convierte a nosotros en Cristo. Creo que, ampliando este pensamiento, podemos decir con justeza que no solamente Jesús desciende a nosotros por la Eucaristía, sino que también nos hace subir hasta El. He aquí, a mi entender, un buen tema de meditación: la Sagrada Comunión nos transporta a Jesús que está sentado a la derecha del Padre.

Jesucristo habita con nosotros en la tierra bajo las especies sacramentales. Esto es cierto. Pero también es verdad que uniéndonos a Jesús, ya no vivimos sobre la tierra, sino más bien en el cielo.

El Santísimo Sacramento tiene además otra función, la de imponernos una forma de vida. A veces surge la dificultad de que durante la Santa Misa y en el acto de la Comunión tenemos menos recogimiento que en la meditación. De ahí una cierta reserva respecto las ceremonias y solemnidad externa, instituidas por la Iglesia, a fin de realizar con mayor eficacia la Sagrada Eucaristía.

Sin embargo, la Santa Misa y la Comunión hacen que la vida espiritual sea una derivación de la vida de Jesús. La Comunión no se se mide por la intensidad de afectos y pensamientos que provoca en el momento de recibirla. Como el acto de la Profesión no se mide por el fervor del momento sino por cuanto impone la norma para toda la vida religiosa. Así también la Misa y la Comunión.

Se pude decir que nuestra vocación a la santidad consiste en realizar lo que la Santa Misa y la Comunión suponen.

Bartolomé Xiberta, O. Carm., “Cartas desde el Carmelo”, p. 73-75